Un Guernica para Irán
Admirar el inmenso mural de El Guernica es mucho más que la inoculación en vena de su exaltación pictórica. Es penetrar de facto en el alegato de la guerra. Es nutrirse del desgarro de un soldado mutilado; del ahogado relincho de un caballo abatido; del inmenso dolor de una madre herida. Soldados, niños y madres hoy desfallecidos en Irán, cuya cultura y ubicación no les brindó cualquier otra oportunidad que perseguir o en la que creer. Ayer, tres horas de muerte justificadas en la destrucción de un puente que impediría la huida. Hoy, inspirada en la caída de un régimen obsceno, que no se justifica por sí solo. Ayer y hoy, mentes disparatadas que nos arrastran a un torbellino sin sentido. Milicianos cegados por el odio, que borran, tanto ayer como hoy, cualquier otra forma de juzgar y de vivir.
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