Agradecimiento al Sr. Alvargonzález por su artículo "Perrerías"
Soy un lector habitual de los artículos de opinión de D. Ignacio Alvargonzález en este periódico y, como poseedor (no me gusta decir «propietario») de un perro, tengo que agradecerle su artículo titulado, valga la redundancia, «Perrerías» porque en él demuestra, con exquisita educación, que se puede discrepar de la opinión de quienes poseen mascotas, sin entrar en la descalificación ni el insulto, planteando argumentos con mucho sentido, muchos de los cuales compartimos.
Como bien explica el Sr. Alvargonzález, no es bueno «pasarse de frenada» y quizá, aun echando piedras en mi propio tejado, lo estamos haciendo cuando entramos en ciertos debates. Ocurre esto con la propuesta de permitir el acceso nocturno de los perros a la playa de San Lorenzo. Sinceramente, conociendo las actitudes incívicas, por desgracia, de algunos, mucho me temo que serán más los inconvenientes que nos acarreará esta medida, caso de aprobarse, que las ventajas.
Valga lo mismo para la proposición que hay en Oviedo sobre el acceso de mascotas a los autobuses municipales. Entiendo que esta posibilidad debería tener necesarias limitaciones, por ejemplo, en horas de mucha afluencia de personas, porque, si cuando el autobús va a tope, ya es bastante complicado que personas con muletas, en silla de ruedas, bebés en cochecitos, puedan utilizar el medio con toda la comodidad y seguridad a la que tienen derecho, imagínense si encima metemos en el vehículo perros y gatos con sus respectivos poseedores. Por eso considero que en momentos de saturación no se debería permitir el acceso, al igual que me parece lógico que los animales vayan en transportín para tenerlos más controlados, o también que se limite el peso de las mascotas que puedan acceder, porque un gran danés o un mastín ocupan mucho espacio y pueden incomodar a quienes tengan fobia o poca estimación por estas criaturas, que por supuesto merecen tanto respeto como los que los idolatran.
Lo que es lamentable es que algunos críticos de estas propuestas aprovechen la ocasión para burlarse, desprestigiar o incluso tachar de enajenados a los poseedores de mascotas y a quienes defienden estas iniciativas. Aquí es cuando entran en acción argumentos ridículos y manidos como: «desde tiempo inmemorial, los animales vivían en el campo, en libertad», «el tener un perro o un gato en un piso es maltrato», «esto es el síntoma de una sociedad enferma o decadente», perlas que suelen rematar con algo del tipo «pero que conste que no tengo nada contra los animales».
A estas mentes «privilegiadas», custodios del orden tradicional, les contestaré que conozco, por desgracia, bastantes casos de animales supuestamente «libres» que viven en fincas en unas condiciones pésimas, mientras que otros, supuestamente «maltratados» según los gurús de la corrección social, como es el caso de mi perro y el de muchos otros de carácter «urbano», viven como reyes como lo prueba su aspecto y comportamiento, sin que nadie les niegue sus horas de ejercicio al aire libre, entre semana o en fines de semana, siempre que el clima lo permite.
El bienestar, o felicidad si lo queremos llamar así, de un animal no depende sólo del espacio geográfico donde habite, sino también de convivir con una persona responsable que pueda mantenerlos en condiciones dignas y respete los espacios compartidos con terceros.
Así que, antes de lanzarse a pontificar, lean artículos como «Perrerías», y aprendan.
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