Gijón, ciudad de aceras rotas: una mirada crítica desde la accesibilidad urbana
Soy gijonés, empresario individual autónomo, un ciudadano más, pero entre mis formaciones académicas y profesionales está la de técnico especialista en señalización, emergencias, accesibilidad, movilidad e inclusión. Pero, ante todo, soy una persona con una alta discapacidad permanente que por suerte no depende cada día del estado de las calles para poder moverse con seguridad. Por eso escribo este artículo, por lo que no tienen la misma suerte que yo: porque en Gijón la accesibilidad sigue siendo una asignatura pendiente, y quienes más lo necesitan son quienes más sufren sus carencias.
En demasiados barrios -El Llano, Pumarín, La Calzada, El Coto- caminar se convierte en un reto. Aceras levantadas, baldosas sueltas, rebajes mal ejecutados, pasos de peatones sin continuidad, mobiliario urbano mal colocado... Incluso en zonas céntricas como Marqués de San Esteban, Linares Rivas, Munuza, Moros, Begoña, San Bernardo o Covadonga, aceras que no cumplen con las medidas para el paso de peatones de la propia normativa del Ayuntamiento, con el pavimento deteriorado y los desniveles convierten un simple trayecto en un riesgo constante. Para muchos ciudadanos esto es una molestia; para mí, y para miles de gijoneses con movilidad reducida, pueden significar una caída, una lesión o la imposibilidad de llegar a nuestro destino.
La falta de accesibilidad no afecta solo a las personas con discapacidad. También limita la autonomía de personas mayores, dependientes o con problemas de movilidad, obliga a familias con carritos y sillas de ruedas a bajar a la calzada, dificulta la movilidad de turistas y perjudica a comercios y espacios culturales que pierden público potencial. Una ciudad que no cuida sus aceras es una ciudad que excluye, y cuando una ciudad excluye, pierde calidad de vida, participación y cohesión social.
Como técnico en accesibilidad, me preocupa ver cómo se repiten errores básicos: rebajes mal alineados, pendientes excesivas, pavimentos resbaladizos, señalización confusa, obstáculos en itinerarios peatonales y obras sin rutas alternativas accesibles. La normativa existe y es clara, pero su aplicación sigue siendo irregular. La accesibilidad no puede seguir tratándose como un añadido opcional, sino como un criterio imprescindible de diseño urbano.
Sin embargo, las soluciones son perfectamente viables. Gijón necesita una revisión integral de sus itinerarios peatonales, un plan de renovación de pavimentos, rebajes correctamente ejecutados, señalización clara y accesible, y una reubicación del mobiliario urbano que garantice el ancho libre de paso. También es fundamental incorporar supervisión técnica especializada y abrir espacios reales de participación ciudadana donde las personas con discapacidad podamos aportar nuestra experiencia.
Gijón tiene potencial para ser una ciudad referente en accesibilidad, pero para lograrlo hace falta voluntad política, planificación y escucha activa. No pido privilegios: pido igualdad. Pido poder moverme por mi ciudad sin miedo, sin barreras y sin sentir que mi presencia es un problema.
La accesibilidad es un derecho, no una excepción. Y es hora de que Gijón lo garantice.
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