Dicen que murió el raposu
Jhamenei ya está en el cielo, abrazando a doncellas que vuelven a serlo después de cada abrazo (pobres chicas). En esas condiciones y a sus años, el supremo ayatolá tendría que agradecerles a Trump y Netanyahu ese viaje anticipado al paraíso. Si celebré la desaparición de Bin Laden con la misma entrada ("Dicen que murió el raposu", 16.5.11), no es que uno se repita: los que se repiten son los zorros: Bin Laden, Jhamenei, Maduro, los Rodríguez Delcy y Jorge con su primo José Luis Rodríguez (también conocido como ZP), Daniel Ortega, los cubanos... No se trata pues de una especie en vías de extinción; pero de vez en cuando a alguno le llega, como a los cerdos, su sanmartín.
Irán no tenía armas de destrucción masiva. Lo que tiene es muchas ganas de tenerlas. Y el día que las tuviere, Israel tendría los días contados. ¿No tiene Israel el derecho de legítima defensa? Los grupúsculos que, mal que bien, sostienen a Sánchez a flote se lo niegan porque para ellos hay genocidios malos y genocidios buenos. Una vicepresidenta, más simple que el resto, lo formula sin ambages: "Israel, del río al mar". Los demás disfrazan su antisemitismo invocando el principio de soberanía y el orden internacional.
En el contexto de las guerras balcánicas, con el crudelísimo e interminable sitio de Sarajevo, Kouchner, fundador de "Médicos sin fronteres" y ministro muy mediático de Mitterrand (era marido de Christine Ockrent), puso de actualidad el "Derecho de injerencia". Entendido como "deber de intervención", vendría a ser el correlato, a nivel de los estados, de la obligación de "asistencia a terceros en peligro". En fecha más remota, durante el levantamiento de Hungría contra la opresión soviética, Imre Nagy clamó hasta el último minuto por la intervención extranjera y Pío XII deploró que la comunidad internacional abandonara a su suerte a los patriotas húngaros. Los que todo lo fían a la diplomacia deberían tener presente a Múnich del 38, donde se perdió el honor para evitar la guerra y, en el 39, junto con el deshonor vino la guerra.
El 8 de marzo, las feministas y feministos de última generación se manifestaron en las calles de España con la pancarta del "no a la guerra": contra Israel, en defensa de la República Islámica que cuelga de las grúas a los hombres que se aman y donde las chicas que portan con negligencia el velo mueren en comisaría. Si la mecha prende, Sánchez podría subirse al último tren para Tobruk y convocar elecciones.
¿Quiere ser Sánchez la némesis de Trump? Eso es compatible con que sea el avatar de Zapatero; desde luego, forma tándem con Iglesias en el rodeo mundial de los tramposos. Pelado tendrán ambos el culo de tanto "cabalgar a pelo las contradicciones": "No a la guerra" y la fragata por delante.
A Trump, con el ejército más poderoso del mundo, le gustaría ser omnipotente; pero un buen día un escudero le advierte: "Con la justicia hemos topado, Presidente". El Tribunal Supremo le para los pies. Sin aranceles, Trump es un predicador sin el infierno: se empieza por perderle el miedo y se termina por perderle el respeto. Trump no dispone de un Conde Pumpido que le vaya legitimando a posteriori, uno por uno, sus desmanes y desaguisados. ¿Podría gobernar Trump toda una legislatura con los presupuestos de la anterior? ¿Podría mantenerse en el poder con minoría en el Senado y en el Vongreso? Eso es posible en republiquetas bananeras y en la Celtiberia de Sánchez. Los progresistas lo llaman progreso.
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