Apología del perdón
El perdón no es una concesión sentimental ni una amnesia interesada del pasado. Es, por el contrario, una de las mayores conquistas morales del ser humano y un pilar indispensable para la convivencia civil. La tradición cristiana y la experiencia histórica lo acreditan con claridad.
La Biblia presenta al hombre como un ser libre, capaz incluso de desobedecer a Dios, que lo había creado para vivir en plenitud. Tras la caída, Dios no responde con castigo, sino con misericordia: envía a su Hijo para redimir el pecado y vencer a la muerte. El perdón se revela así como un acto grandioso del amor divino.
No es casual que Jesucristo sitúe el perdón en el corazón de la oración cristiana. En el Padre Nuestro se establece una relación directa entre el perdón recibido y el perdón concedido: “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. No se trata solo de una petición piadosa, sino además de lo exigido en la vida personal para alcanzar el perdón de las equivocadas acciones propias.
La relevancia del perdón no pertenece solo al ámbito de la fe. La historia reciente de España ofrece ejemplos elocuentes. Recuerdo una conversación con mi padre, cuando siendo adolescente le pregunté cómo había logrado conservar el equilibrio interior tras una vida marcada por la injusticia. Con apenas 21 años fue movilizado por el gobierno de la República al inicio de la Guerra Civil. Sirvió en telecomunicaciones y evitó el frente. Finalizada la contienda, se entregó a los vencedores sin haber cometido delito alguno.
Fue condenado a cadena perpetua en la prisión de Burgos, evitando la pena de muerte. Tras cuatro años, salió en libertad por su buen comportamiento. Había perdido su carrera, su juventud y sus expectativas. Sin embargo, lejos del resentimiento, optó por perdonar. Volvió a estudiar, rehízo su vida profesional, formó una familia y llegó a ser catedrático de Latín, pese a haber sido desposeído de su puesto técnico-científico. Él mismo lo expresó con claridad: sobrevivió ilusionado porque supo perdonar.
Ese mismo espíritu hizo posible que, tras el desastre fratricida de la Guerra Civil, España iniciara un proceso de reconstrucción basado en la convivencia y el esfuerzo común. Durante décadas, una sociedad profundamente herida optó mayoritariamente por mirar hacia delante, lo que permitió un desarrollo económico y social sin precedentes.
Resulta, por ello, profundamente irresponsable la política de reabrir viejas heridas. La llamada recuperación de la “memoria democrática”, impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero y continuada por Pedro Sánchez con el apoyo de comunistas y separatistas, no busca la concordia, sino el enfrentamiento. Alimenta el resentimiento, divide artificialmente a los españoles y erosiona los consensos que hicieron posible la Transición.
Unos pretenden arrastrar a España hacia modelos fracasados, donde la ideología se impone a la libertad y al bienestar de los ciudadanos. Otros fomentan la ruptura territorial en nombre de identidades excluyentes, despreciando a compatriotas obligados a vivir bajo presión o a abandonar su tierra. El resultado es un clima social cada vez más crispado, peligroso y estéril.
Defender el perdón no significa renunciar a la verdad ni a la justicia. Significa, sencillamente, rechazar el odio como herramienta política y apostar por la concordia como fundamento de la nación. España ya conoce el precio del enfrentamiento. Reabrir las heridas del pasado no es un acto de valentía moral, sino una grave irresponsabilidad histórica.
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