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Somos víctimas del capricho de unos pocos poderosos

10 de Marzo del 2026 - José Luis Álvarez Lauret (Gijón)

Por muchas vueltas que aún le queden por dar a la Tierra, ya sea cada 24 horas sobre su propio eje, o anual en torno al Sol, los seres humanos podemos perder la esperanza de que algún día las cosas de verdad cambien y seamos capaces de compartir espacio en este globo en el que nos tocó en suerte, nacer, crecer y en su día morir, sin guerrear en beneficio de unos pocos y en perjuicio de todos los demás.

Cuando uno ve que, tras haber sufrido las nefastas consecuencias de dos guerras mundiales, amén de un sinfín de guerras locales acá y acullá, cuesta entender que el ser humano, considerándose ser racional, pueda seguir siendo tan bruto e incapaz de no encontrar la manera de crear las bases de una vez por todas para poder evitar que se sigan dando situaciones como la actual, que, a capricho de gobernantes de ciertas naciones poderosas, se sigan cometiendo atrocidades bélicas sin que el resto de naciones del mundo pueda ponerles freno de manera racional.

El orden mundial tras la segunda gran guerra parecía haber encontrado mecanismos para poder evitar situaciones creadas a capricho de ciertos iluminados que pretenden arreglar, o más bien desarreglar, el mundo por su cuenta, sin reparar en las consecuencias negativas de sus actos, para el resto de la humanidad, sin contar con Dios ni con el diablo, aunque con este más bien parece que sí lo hacen, si nos fijamos en su maldad, pero a la vista de lo que pasa una y otra vez en tantos sitios, uno pierde la esperanza de que las cosas cambien. Llevamos cuatro años viendo lo que Rusia está haciendo en Ucrania y nadie hace nada por pararlo; ahora el mandamás del otro lado del charco nos despertó una mañana con la noticia de que por sus santos cataplines cambiaría las cosas en Irán, y vemos que, en lugar de prender fuego a un montonín de maleza, acabó por incendiar "el bosque" de varios países a la vez, de tal manera que no se ve que haya suficientes bomberos para parar lo que locamente allí inició. Lástima que a él y a su país no le llega siquiera alguna pavesa de la hoguera que está atizando en casa ajena. Dadas las consecuencias, se puede decir que somos otros los que le pagamos, primero la gasolina para iniciar el fuego y ahora a los bomberos para tratar de apagarlo. No se puede entender, pero nos pasa.

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