Europa frente a la tiranía, la paz exige valentía y determinación
El orden internacional solo se sostiene cuando se defiende con determinación. Cuando las democracias vacilan o miran hacia otro lado, ese orden termina cediendo ante las tiranías que oprimen, censuran y empobrecen a su propio pueblo. La historia lo demuestra una y otra vez: las dictaduras que no se frenan a tiempo acaban convirtiéndose también en una amenaza para la paz mundial.
Europa, construida sobre la libertad, la dignidad humana y el imperio del derecho, no puede limitarse a proclamar principios mientras permite que esos mismos principios sean pisoteados por regímenes que gobiernan mediante la represión. La libertad y la dignidad de los pueblos no se defienden con pancartas ni con declaraciones vacías: se defienden con valentía, con decisión política y con coherencia.
Conviene recordar además una verdad incómoda: la paz que hoy conocemos en Europa no cayó del cielo. Se construyó tras guerras, sacrificios y luchas contra quienes pretendían imponer su dominio por la fuerza. La paz duradera no nace de la pasividad, sino de la firmeza frente a quienes amenazan la libertad.
Los tiranos no respetan las palabras. Solo obedecen al límite que marca su propio miedo. Y ese miedo solo aparece cuando existen países y dirigentes dispuestos a unirse para frenar a cualquier autócrata que pretenda imponer su poder sobre su pueblo o sobre otros pueblos.
Por eso ciertos lemas simplistas resultan tan estériles como engañosos. Decir "no a la guerra" sin estar dispuesto a defender la libertad frente a quienes la destruyen es como decir "no al cáncer" sin luchar contra él. Como bien señalaba Luis M. Alonso, son "verdades tan rotundas como estériles". Frases que suenan bien, pero que no resuelven nada.
En demasiadas ocasiones, esos lemas vacíos solo buscan protagonismo moral sin ofrecer soluciones reales. Mientras tanto, pueblos enteros continúan sometidos por élites autoritarias, por dirigentes cobardes y arribistas que utilizan el poder para perpetuarse, silenciar a la oposición y empobrecer a sus ciudadanos.
El derecho internacional no puede convertirse en un refugio para quienes lo violan de manera sistemática. Ningún tirano puede exigir protección en nombre de normas que desprecia. Quien gobierna mediante el miedo, la censura y la represión pierde la legitimidad moral para invocar soberanía o respeto institucional.
El caso de Cuba vuelve a mostrar esta contradicción. Mientras la población sufre una profunda crisis económica y social, el régimen intenta aliviar su situación mediante negociaciones externas. Pero ninguna negociación puede sustituir lo esencial: devolver la voz al pueblo cubano.
No se trata de negociar la supervivencia del poder, sino de restaurar la soberanía popular. Cuando un régimen ha perdido el respaldo libre de su ciudadanía, la única salida legítima es apartarse y permitir elecciones libres. Irse y dar la palabra al pueblo es la única solución democrática.
Solo así aprenderán también los alumnos aventajados del autoritarismo -los aspirantes a autócratas que observan y toman nota- que la comunidad internacional no protege a quienes se aferran al poder contra su propio pueblo.
Porque el respeto debe ser siempre para el pueblo, para el Parlamento y para una oposición libre. Las políticas presentadas ante los ciudadanos en un programa electoral -ya sean económicas, sociales, exteriores o de defensa- constituyen un compromiso democrático que debe respetarse. Y cuando ese mandato se incumple o se ignora, la única salida legítima es consultar de nuevo al pueblo o abandonar el poder.
Europa debe comprender que defender el derecho internacional no consiste solo en invocarlo, sino en hacerlo valer. Ante la tiranía no puede haber neutralidad ni complacencia.
La libertad de los pueblos exige algo más que palabras. Exige valentía, unidad y decisión. Solo así se preserva el verdadero sentido de un orden internacional basado en la justicia, la dignidad humana y la responsabilidad de las naciones libres.
No hay paz duradera sin determinación para defenderla. La convivencia requiere liderazgo, responsabilidad y firmeza frente a quienes la amenazan. La historia demuestra que las libertades no sobreviven al desinterés ni al abandono, sino al compromiso cívico y a instituciones fuertes.
No existe seguridad sin fuerzas del orden eficaces y una justicia independiente y rigurosa. No hay libertad sin el compromiso de protegerla. No hay progreso sin esfuerzo ni salarios dignos sin pelearlos. Y no hay democracia sólida sin ciudadanos activos que exijan responsabilidad a sus representantes.
La paz no es ingenuidad: es equilibrio, justicia y defensa del orden democrático. La indiferencia debilita; la participación fortalece.
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