La Santina Queer
La Virgen de Queervadonga también ye pequeñina y galana. Con sus gafas de sol, su pañuelo palestino, su manto morado, su aureola "transgender", su flor y su niño, que tiene toda la pinta de un barriguitas ochentero, salió bajo palio en la manifestación del 8M como mandan los cánones y como si acabara de llegar de una rave clandestina. La última charlotada de la izquierda asturiana, feminista, antifascista, posmodernista y generosamente subvencionada, ha conseguido este año su eco y su hueco en los medios de comunicación nacionales, que ya es difícil con tanto acontecimiento interplanetario. Ahora ya no basta con hacer el ridículo delante de los parroquianos, hay que difundir la tontería a los cuatro vientos.
En la extravagante procesión hubo de todo como en botica: bengalas de colores, globos con forma de unicornio, consignas contra Trump, Netanyahu, Abascal y el arzobispo de Oviedo, reguetones en bucle y muchas pancartas. En una estaba escrito "Comeime el hórreo", para que se notara con claridad que las demandas de las agitadoras cuquis no carecen de poética. Quizá se echó de menos que alguien enseñara el culo. Hace años este tipo de protestas adquiría carta de naturaleza cuando se enseñaban las posaderas a la autoridad.
En fin, lo que parecía iba a ser una jornada de reivindicación de los derechos de la mujer derivó en un pintoresco pasacalles donde se clamaba por la paz en el mundo al tiempo que desde los altavoces se rifaban patadones imaginarios, donde se hizo mofa y befa de la religión católica, y las leyes de la decencia y el buen gusto se las pasaron por el arcoíris y el forro de sus entretelas.
Ya transcurrió una semana desde que saliera la comitiva de la Santina Queer y los rescoldos de la polémica aún siguen humeando. Se han sucedido las denuncias y los cruces de chuscas declaraciones entre detractores y defensores. Hasta el más pintado ha emitido su parecer, excepto el presidente Barbón y es cosa extraña porque que cada vez que puede presume de fervor católico. En este caso se ha visto atrapado entre la espada de su progresismo y la pared de su fe y ha terminado optando por marcarse un Pilatos en toda regla. Alguno piensa que ese silencio le convierte en cofrade mayor de una performance política que amenaza con salir de nuevo el próximo mes de abril. Ya veremos qué pasa entonces.
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