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La calefacción por suelo radiante

18 de Marzo del 2026 - Fernando Vijande Fernández (CASTROPOL)

Cuando yo era pequeño, en mi casa teníamos calefacción de suelo radiante. Yo dormía en una habitación encima de la cuadra y el suelo era de madera, con las juntas de las tablas separadas y con agujeros. El calor subía hacia arriba (no iba a subir hacia abajo), porque el aire caliente es menos denso y más ligero que el aire frío; se colaba entre los agujeros y calentaba la estancia.

Las cuatro vacas que teníamos nos daban suficiente energía para calentar la casa. Si tuviéramos cinco o seis vacas podríamos exportar y vender la energía, como hacen ahora con la electricidad que les sobra de las placas solares. Eso todavía no lo había pensado nadie.

A veces los agujeros eran grandes y se colaban los ratones, sin invitación y sin tiquet de entrada. Pero como el celador -el gato que teníamos en casa- estaba en huelga de hambre indefinida, se hacían okupas permanentes y no había resolución judicial que los desocupara, pues siempre tenían en la familia ratoncitos vulnerables. Ya sabéis todos vosotros que los ratones, igual que les pasaba a nuestros abuelos y bisabuelos, son muy prolíficos.

De tanto calor que soportaban las tablas, llegaban a abombarse, lo mismo que cuando calientas las tablas de madera para hacer un chalano. Y cuando hacías un recorrido por la habitación era lo mismo que hacer una ruta por la orilla del mar, un rompepiernas sin vistas al océano.

Las únicas tablas que no se abombaban eran las Tablas de la Ley que teníamos en un cuadro donde Dios se las entregaba a Moisés. Debía de ser porque no eran de madera sino de piedra y, como sabéis todos vosotros que habéis jugado al juego de piedra, papel o tijera, la piedra puede con todo, incluso con la madera, y el calor no le afecta su figura.

De tanto calor que hacía, los cristales de las ventanas se empañaban y nos impedían ver el paisaje. Y como todavía no se habían inventado -igual que los limpiaparabrisas- los limpiaventanas automáticos, decidimos empapelar la habitación con un papel amarillo con motivos florales y animales exóticos tropicales, como jaguares, anacondas, orangutanes de pelo naranja y monos en la jungla, que quedaba muy bonito y no desentonaba mucho con la flora y fauna local.

Pensándolo bien, si mi habitación estuviera hoy en Madrid, podríamos ponerla en alquiler con derecho a cocina y sacarnos un dineral que nos vendría muy bien para la vejez, pues las residencias, como la gasolina, están por las nubes.

También es cierto que quien la alquilase, cuando se pusiera castigado mirando de cara a la pared, no notaría mucha diferencia con el orangután de pelo naranja que se ve hoy en día en las pantallas del móvil y de la televisión.

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