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Una sanidad a destiempo no es sanidad, es negligencia

18 de Marzo del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Ustedes dirán lo que quieran, pero en las condiciones actuales -con listas de espera interminables en las que los pacientes no son atendidos y donde se pone en riesgo su vida- ya no bastan las buenas palabras. Lo que se necesita son denuncias firmes, sanciones contundentes y, cuando corresponda, ceses o despidos sin contemplaciones.

Sin señalar a nadie en particular y señalando a todos al mismo tiempo, solo se salvan de esta crítica los enfermos, que ven cómo su situación y su preocupación se alargan en el tiempo sin que nadie parezca hacerse responsable. La Administración, el Ministerio -que si no tiene competencias, entonces habría que preguntarse para qué está-; la Consejería, que aun teniéndolas es incapaz de poner orden y soluciones; las direcciones y gerencias, que parecen tener potestad únicamente para gestionar y cobrar; los profesionales, que además de convocar huelgas y contribuir a listas de espera inaceptables, podrían poner también sobre la mesa propuestas de solución.

¿O es que solo existen reivindicaciones de carácter personal o económico?

Tampoco los sindicatos médicos parecen capaces de alcanzar soluciones mediante la negociación. Al contrario, con su actitud empujan a la sociedad hacia el deterioro progresivo de todo el sistema sanitario público.

La gravedad de esta situación no puede ocultarse: cuando un trabajador de una fábrica se pone en huelga, deja de fabricar tornillos o disminuye la producción. Pero cuando quienes se ponen en huelga son profesionales sanitarios, lo que ocurre es que los enfermos dejan de ser atendidos a tiempo. Y esa irresponsabilidad, por dura que suene, también puede y cuesta vidas.

Ante algo tan serio, quizá haya llegado el momento de que los ciudadanos reaccionen y se unan. Porque estamos sosteniendo un sistema en el que ni siquiera el médico de cabecera atiende al teléfono; donde para ver a un especialista hay que esperar meses; y donde pruebas diagnósticas como una colonoscopia o una resonancia se retrasan otros tantos meses más.

Y, mientras tanto, quienes deberían garantizar el funcionamiento del sistema -para eso están y para eso se les paga- se declaran en huelga como si aquí no pasara nada.

Si realmente queremos salvar la sanidad pública, tal vez la única vía sea que la propia sociedad civil se organice y recurra a un bufete de abogados que lleve ante los tribunales lo que muchos ya consideran un auténtico atentado contra la salud pública por poner en riesgo vidas humanas. Ya que los sindicatos de clase, los que deberían luchar por los ciudadanos, ni están ni se les espera, son élites del poder. La huelga en esta situación es impresentable, mire por donde se mire.

De lo contrario, el sistema se irá deteriorando hasta desaparecer ante nuestra propia apatía.

No es razonable mantener un aparato público que, cuando se necesita, atiende fuera de tiempo. Si se piensa fríamente, muchas dolencias menores podrían resolverse con remedios sencillos o con la atención de un farmacéutico. Pero cuando lo que se necesita es atención médica rápida y especializada, y lo único que se ofrece es una cita para dentro de un año, entonces estamos ante un problema grave que exige responsabilidades.

Una sanidad que llega tarde no es sanidad.

Es, sencillamente, negligencia.

Y como suele decirse: entre todos la matamos... y luego decimos que se murió sola.

No hablo solo de la sanidad.

Hablo de la responsabilidad.

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