El drama de dormir en la calle
Hace días que durante mi diario paseo matutino por La Corredoria (Oviedo) me encuentro con un varón, asturiano de nacimiento, de mediana edad, que duerme bajo la visera del edificio abandonado de un antiguo supermercado ubicado en la calle Alfredo Blanco. Hoy, ante esta continuada y triste escena, me he parado un momento para interesarme sobre la situación de esta persona, a quien le pregunté por qué razón no acude a los Servicios Sociales para que puedan, al menos, aliviar su situación alojándole en algunos de los establecimientos que para estos menesteres dispone tanto el Principado como el mismo municipio. La respuesta no ha podido ser más desoladora: lleva más de tres meses intentando ser acogido en alguno de esos locales de caridad, sin conseguirlo. Le exigen para ello que esté empadronado y, al intentar realizar ese trámite, la respuesta que recibe es que no reúne condiciones para ello. Una pescadilla que se muerde la cola mostrándose incapaz de dar una respuesta humanitaria a este sangrante caso. La pregunta obligada es la siguiente: ¿para que sirven los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Oviedo, y, por extensión, la Consejería de Derechos Sociales del Principado, si en más de tres meses no son capaces de resolver una situación tan lamentable como esta? ¿Cómo es posible que acojamos, sin reserva, a inmigrantes ilegales que sin papeles, e incluso indocumentados, gocen de prestaciones que se niegan a ciudadanos españoles en estado de necesidad? Una incongruencia que debería sonrojarnos a todos, máxime, claro está, a aquellos que, pagados con el dinero de los contribuyentes, tienen la obligación, entre otras cosas, de dar respuesta a estas dramáticas circunstancias. La vida, a veces, inesperadamente, con sus reveses, nos golpea con fuerza y nos puede llevar a situaciones límite, algo de lo que nadie está libre de que le suceda. La respuesta está en la solidaridad humana, en brindar ayuda a todo aquel que, en un momento dado de su existencia, requiere que le levanten. Es bueno aplicarse aquella máxima que reza: "Arrieros somos y en el camino nos encontraremos".
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