Unas breves líneas sobre la humanidad del señor Bernardo Gutiérrez
Hace muchos años, mi compañera Carmen y yo necesitábamos un dinero extra para poder organizar un viaje con alumnos y pensamos en un desfile de modelos, chicos y chicas. Empezamos llamando a varias tiendas de moda de chicos y chicas. No hubo éxito con las tiendas de ropa de chicas, pero gracias a sus madres, que les dejaron buena ropa y unos zapatos de tacón maravillosos, esa parte se solucionó sin mayores problemas, pero la ropa de chicos era un poco más complicada de encontrar.
Empezamos a llamar a muchas tiendas, pero siempre nos daban largas. Sin embargo, un día llamamos a la tienda de "Bernardo Oviedo" y se puso el dueño, con una voz bien agradable, y supe que nos dejaría los trajes que íbamos a necesitar. Insistí un par de veces más y nos dijo que vale, que nos los dejaba, que se rendía ante nosotras. Fuimos un poco pesadas, la verdad.
Nuestros alumnos, una hornada fabulosa ese año, fueron a la tienda unas cuantas veces a probarse los trajes que llevarían en esa pasarela improvisada en nuestro instituto. Sin embargo, fue aún mucho más generoso, las personas que trabajaban con él fueron al instituto, los vistieron, peinaron y les enseñaron cómo moverse en esa pasarela improvisada. Un alumno me dijo que la cazadora de piel que se iba a poner costaba un millón de pesetas.
Fue un acto de confianza hacia dos personas a las que no conocía de nada, pero se arriesgó por nuestra tenacidad y arrojo. Nuestros alumnos le agradecieron su compromiso con ellos. Parecía una pasarela de las de Milán, Londres o París, y nunca vi tanta alegría ni tanto trabajo para conseguir algo con tanto esfuerzo, gracias a este maravilloso señor.
Bernardo, con esa gran bondad, ya está recostado en el corazón de Dios, disfrutando de su bien merecido descanso, por haber trabajado tanto y haber dejado tan buen recuerdo por sus buenas obras.
En cuanto pueda, a mediados de abril, si puedo, iré antes y les llevaré unas fotos con esos alumnos, probando trajes y sonriendo sin parar, para que las tengan de recuerdo.
Me despido como hago siempre, deseándoles mucha paz y mucho bien, pásenlo bien y pórtense bien. ¡Hala, con Dios!
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