Mercosur y el miedo a dejar de mirarse el ombligo
En Asturias tenemos una virtud extraordinaria: la capacidad de detectar amenazas inexistentes con una precisión quirúrgica. Mercosur es la última. Antes fueron Bruselas, Madrid, la globalización o, en general, cualquier cosa que obligue a competir en lugar de quejarse.
La reciente ola de artículos sobre el "temor" del campo asturiano encaja perfectamente en esta tradición. Porque aquí no se debate, se dramatiza. No se analizan datos, se recitan consignas. Y, sobre todo, no se cuestiona el problema de fondo: que nuestro modelo productivo lleva décadas funcionando peor de lo que nos gusta reconocer.
Hablemos claro, aunque incomode. El campo asturiano es, en términos económicos, poco competitivo. Explotaciones pequeñas, atomizadas, difícilmente mecanizables, con costes laborales y logísticos elevadísimos y una dependencia crónica de las subvenciones europeas. La rentabilidad real, en muchos casos, es sencillamente inexistente sin la red de subvenciones públicas. Esto no es un insulto: es una descripción.
Ahora bien, llega Mercosur -ese monstruo que algunos describen poco menos que como el apocalipsis rural- y de repente el problema es externo. Curioso. Porque Brasil, Argentina o Uruguay no compiten porque sí, sino porque producen más, más barato y con mayor escala. Y no, no es magia: es eficiencia.
El acuerdo, por cierto, no es el salvaje oeste que algunos venden. Incluye cuotas, plazos de adaptación, exigencias sanitarias y mecanismos de protección. Pero claro, eso exige leer algo más que el titular, y en ese terreno ya entramos en territorio hostil.
Lo verdaderamente fascinante, sin embargo, es el consenso político. Derechas e izquierdas, liberales de tertulia y socialistas de pancarta, todos de la mano, como en una romería proteccionista. Cuando quienes dicen defender el libre mercado piden barreras, y quienes han idealizado durante años a América Latina ahora desprecian su capacidad económica, uno no puede evitar reírse y pensar que aquí hay más postureo que convicción.
Y mientras tanto, al otro lado del Atlántico pasan cosas. Llevo más de un año viviendo en América Latina y, con todas sus contradicciones, hay dinámicas económicas que en España ni olemos. En Uruguay o Chile, montar una pequeña empresa puede ser cuestión de días, no de meses o años. En Paraguay existen regímenes fiscales que permiten a las pymes respirar en lugar de asfixiarse. En Colombia o México, la microempresa no es una odisea para los trabajadores autónomos, sino un motor económico real, ágil y en expansión.
En Asturias, en cambio, seguimos perfeccionando el arte de complicar lo sencillo: burocracia, impuestos, regulaciones... y después, cuando alguien produce mejor y más barato, nos llevamos las manos a la cabeza. Lo de siempre.
Las protestas contra Mercosur recuerdan peligrosamente a aquel espíritu de las huelgas mineras de los ochenta y los noventa, hoy envueltas en una nostalgia casi épica. En su momento se vendieron como una defensa legítima; con el tiempo, han quedado como lo que fueron en gran medida: un intento de aplazar lo inevitable mientras se blindaban privilegios a costa del conjunto. No se salvó el modelo. Se retrasó su caída. Y ahora volvemos a lo mismo: proteger lo que no funciona como si el problema fuera el mundo y no nosotros.
Asturias vive instalada en una cómoda autocomplacencia, como un Narciso rural que se mira en el reflejo del Nalón convencido de que sigue siendo admirable mientras todo alrededor cambia. Nos encanta decir que somos diferentes; lo que evitamos cuidadosamente es preguntarnos si eso, hoy, es una ventaja o un problema.
Mercosur no da miedo. Lo que da miedo es tener que competir sin excusas. Pero claro, para eso habría que dejar de mirarse el ombligo. Y eso, aquí, siempre ha sido pedir demasiado.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

