Eutanasia a los deprimidos: cuando el Estado deja de cuidar y empieza a rendirse
Hay momentos en los que una sociedad se retrata sin excusas: basta con observar qué hace con quienes están hundidos, enfermos o desesperados. Cuando la respuesta al sufrimiento deja de ser el cuidado y pasa a ser la eliminación del que sufre, ya no hablamos de progreso, sino de una rendición moral en toda regla.
La ley de eutanasia aprobada en España en 2020 se presentó como un avance en dignidad. Hoy empieza a mostrarse como algo mucho más inquietante: una herramienta cada vez más amplia, cada vez menos excepcional y cada vez más peligrosa. Bajo conceptos ambiguos como "sufrimiento intolerable", se ha abierto una puerta que no protege al vulnerable, sino que le señala la única salida.
Porque la realidad es incómoda: mientras se normaliza la eutanasia, siguen faltando ayudas, cuidados y recursos básicos para miles de enfermos. En ese contexto, ofrecer la muerte no es libertad, es abandono falto de la más mínima porción de ética y moralidad. No hay decisión libre cuando la alternativa -vivir con dignidad- no existe porque la verdad es que esa alternativa es la muerte.
El paso más alarmante es el que ya estamos viendo: la eutanasia entrando en el terreno de la salud mental. Que una persona joven, marcada por un trauma y sumida en la depresión encuentre como respuesta institucional la posibilidad de morir no es un derecho conquistado, es un fracaso estrepitoso. Es admitir que la sociedad ha renunciado a ayudarla. Es cambiar la terapia por la eliminación del problema, mejor dicho, por la eliminación de la persona que tiene el problema.
Y aquí está la clave: se está imponiendo, a pasos agigantados, la idea de que hay vidas que dejan de merecer ser vividas. No se proclama abiertamente, pero se practica. Vidas demasiado dolorosas, demasiado costosas o demasiado incómodas. Ese es el mensaje real, y sus consecuencias son devastadoras.
La experiencia internacional lo confirma: esto no se detiene. Lo excepcional se convierte en habitual, los límites se diluyen y lo impensable acaba siendo rutina. Primero casos extremos, luego situaciones discutibles, y finalmente una cultura en la que la muerte se ofrece como solución en lugar de evitarse.
Una sociedad digna no es la que facilita morir a sus ciudadanos, sino la que se niega a abandonarlos incluso en su peor momento. Convertir la eutanasia en respuesta a la depresión, al trauma o a la vulnerabilidad no es compasión. Es, simplemente, tirar la toalla como sociedad y llamar progreso a la derrota.
Una última y vergonzosa noticia: según ha aparecido en ciertos medios, parece ser que desde el cuadro médico que "asistía" a la joven ¿eutanasiada o asesinada?, elijan ustedes la palabra, han presionado para que la eutanasia, o como deba llamarse, fuera llevada a cabo lo antes posible porque ya habían adjudicado varias partes de su cuerpo a otras personas. ¿Habría dinero, prestigio o ganas de quitarse el problema de encima? O todas las cosas a la vez.
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