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Cuando la medicina deja de curar para aprender a morir

30 de Marzo del 2026 - José Viñas García (Oviedo)

Más que "morir", en ese título lo que cabía era otra cosa.

La medicina nació con una misión clara: proteger la vida, aliviar el sufrimiento y acompañar al ser humano en su fragilidad. No para provocar la muerte, sino para combatirla o, al menos, retrasarla con dignidad. Sin embargo, la incorporación de la eutanasia al marco legal como en España ha abierto una grieta difícil de ignorar: ¿qué ocurre cuando la medicina empieza a enseñar también a morir?

La cuestión no es meramente legal ni técnica. Es una cuestión de coherencia. Antes de que un médico participe en una eutanasia, cabe preguntarse si en su formación universitaria se ha abordado con la profundidad necesaria el conflicto que esto supone. ¿Se puede formar a alguien para curar y, al mismo tiempo, para poner fin a la vida sin que exista una contradicción de base?

Durante décadas, el ideal médico ha sido inequívoco: salvar, cuidar, sanar. Incluso cuando no hay cura posible, el compromiso ha sido aliviar, nunca provocar la muerte. Este principio no es anecdótico; es el pilar sobre el que se construye la confianza entre médico y paciente. Cuando una persona acude a un profesional sanitario, lo hace con la expectativa de que su vida será protegida, no evaluada en términos de si merece o no ser continuada.

La eutanasia introduce un cambio profundo en ese pacto. Aunque se presente como un acto de compasión o respeto a la autonomía, implica que el médico deja de ser exclusivamente un garante de la vida para convertirse, en determinados casos, en agente de la muerte. Y eso no es un matiz: es un giro de enorme calado ético.

Se argumenta que ayudar a morir puede ser una forma de aliviar el sufrimiento extremo. Pero esta idea plantea otra pregunta incómoda: ¿no debería la medicina redoblar sus esfuerzos en cuidados paliativos, en acompañamiento, en apoyo humano, antes que asumir la muerte como solución? Cuando la respuesta al dolor pasa por eliminar al que sufre, el riesgo es que se desplace el foco desde el cuidado hacia la eliminación del problema.

La universidad, en este contexto, no puede limitarse a transmitir protocolos o marcos legales. Debería ser el espacio donde se confronten estas contradicciones de forma abierta y exigente. Sin embargo, cabe cuestionar si realmente se está haciendo así, o si la eutanasia se introduce como una práctica más, normalizada, sin detenerse en la ruptura ética que supone.

La objeción de conciencia, reconocida para los profesionales, evidencia que este no es un asunto cerrado ni pacífico. Muchos médicos se niegan a participar porque perciben que cruza una línea incompatible con su vocación. Pero el hecho mismo de que esta objeción sea necesaria confirma que algo esencial ha cambiado: la medicina ya no tiene un consenso claro sobre su propia misión.

Aceptar sin más esta transformación implica asumir que la medicina puede dejar de ser, en esencia, una profesión orientada a la vida. Y esa es una decisión que merece, como mínimo, una reflexión profunda y honesta.

Porque, en el fondo, la pregunta sigue en pie: ¿puede una profesión dedicada a curar enseñar también a morir sin perder parte de su sentido?

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