Eterna crisis de identidad
Lo vivido el pasado sábado en El Molinón podría calificarse de muchas maneras, desde muestra de enfado, indignación y hartazgo de la afición hasta espectáculo grotesco dentro y fuera del verde. La propiedad del Sporting se equivocó, para variar, y provocó una división pocas veces vista entre la parroquia rojiblanca. Dicho sea de paso, la situación no pasó a mayores, y las palabras de reproche entre los que decidieron no acudir al estadio y quienes tomaron la decisión de abonar el suplemento se quedaron en redes sociales. Una situación francamente desagradable pero que refleja una vez más que internet no es el mundo real.
Lo acontecido en el rectángulo de juego fue lo visto durante las últimas temporadas, un eterno "parecía que sí". Unos jugadores, con sus virtudes y defectos, que lo dan todo hasta donde llega el físico y un alineador que, visto lo que le han traído los Reyes, decide amarrar lo poco que tiene introduciendo un defensa por cada atacante que añadía el rival, sin que ninguno de los 11.627 espectadores supiera muy bien a lo que estaba jugando el Sporting.
Ante este espectáculo, es aconsejable alejarse un poco del ruido, observar la situación con perspectiva (y dolor) y preguntarse: ¿qué quiere ser el Sporting como club? ¿Acaso la propiedad tiene una idea de hacia dónde quiere encaminar el club? ¿El sportinguismo como conjunto tiene claro lo que quiere ser?
Con estas preguntas encima de la mesa que algunos verán con respuesta muy clara y otros no sabrán qué contestar. Si preguntas en la zona sur se habla siempre de "Orgullo, pasión y tradición", pero ante esto surgen más preguntas: ¿orgullo de qué exactamente? ¿De los jugadores surgidos de Mareo a los que, temporada sí y temporada también, se les pita y critica hasta la saciedad? No nos extrañemos si luego salen escaldados de la ciudad ante cualquier club que les iguale el salario. La pasión, cierto es que para bien o para mal, nunca falta en esta parroquia y la tradición feneció con la creación de la SAD en 1992.
Abriendo un poco más la perspectiva se puede vislumbrar que esta crisis de identidad no se circunscribe solamente a la ribera del Piles. Podemos pararnos en cualquier barrio de la ciudad y preguntarle a un viandante: ¿qué es y qué quiere ser Gijón? Los muchos sufridores de la reconversión de los 80 dirán que hay que volver a abrir fábricas, sacar humo y teñir de (aún más) negro los alféizares de las ventanas. Si encontramos a alguien de la quinta de quien escribe seguramente dirá que una ciudad donde se pueda vivir sin necesidad de heredar el piso de barriada de tus abuelos y que pueda pagar con un trabajo de 7 a 3. Ambas visiones tienen un mismo objetivo: poder trabajar para vivir y ser lo más feliz posible.
Quizá en el Ayuntamiento no lo tengan igual de claro porque no parece que gobierno u oposición tengan una visión de ciudad más allá de los próximos cuatro años. La derecha lo apuesta todo a cuatro edificios azules frente al mar cuyo destino más probable será ser ocupados por grupos Gavia o similares y no diseñados para el habitante playu, sino para foráneos llegados a nuestra no tan provisional estación de AVE. A su vez, la izquierda local tampoco parece que aspire a nada más que poner carriles bici, peatonalizar y a no sacarse de encima ese complejo enorme de la instalación y mantenimiento de cualquier tipo de industria mínimamente tecnológica en la ciudad. Complejo que comparten con la Corporación, que no ve otra cosa más allá de la promoción turística.
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