Vuelta al Oficio de Tinieblas
El denominado Oficio de Tinieblas (Officium tenebrarum) configura una celebración litúrgica propia de la Semana Santa que se celebraba en nuestra Iglesia, con anterioridad al Concilio Vaticano II, al caer la noche de todos los Miércoles, Jueves y Viernes Santos. En dicha ceremonia, sin acompañamiento musical y rodeada de un ambiente sobrecogedor que elevaba los espíritus allí presentes, se cantaba salmo tras salmo en los que se rememoraban la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, de forma que al acabar cada una de sus partes se iban apagando, una tras otra, las quince velas del tenebrario o candelabro triangular que iluminaba un templo sin luces, hasta alcanzar, tras el canto final del Miserere, las completas tinieblas que evocaban un mundo sin Cristo. Liturgia con una gran carga de espiritualidad que desgraciadamente se ha suprimido en la inmensa mayoría de nuestras comunidades cristianas y que sería necesario, imperioso, recuperar.
En contraposición, el paso del tiempo ha ido perfilando unas tradiciones de mayor favor y entusiasmo popular que, sin embargo, desdibujan o desvanecen el verdadero sentido de la Semana Santa. El sentimiento de recogimiento y esperanza que evoca la Pasión y Resurrección de Cristo se ha traslocado habitualmente en unas celebraciones donde los aspectos folclóricos priman sobre todo lo demás, transformando las estaciones de penitencia que representan las distintas cofradías y pasos en meras performances donde la estética supera a la ética. En definitiva, un contexto muchas veces censurable al que la Iglesia se ve arrastrada por mor de una vana esperanza de que dichas manifestaciones populares se traduzcan en un anhelado incremento del sentimiento religioso popular. Sin embargo, quienes pasean y "bailan" (a veces, de forma grotesca) imágenes y pasos cual veterotestamentarios becerros de oro, en su inmensa mayoría, no son más que un mero espejismo que se repite anualmente, dejando nuevamente vacíos templos e iglesias hasta la llegada del subsiguiente episodio, tan esperado como efímero, de infructuoso fervor.
Y qué decir, por último, de las manifestaciones paganas que, haciendo chanza de los tiempos y símbolos cristianos, hacen coincidir sus particulares bacanales, como la organizada en la tarde del Jueves Santo en memoria del tal Genarín, con la indisimulada intención de satirizar o zaherir públicamente a los fieles cristianos que celebran la maravillosa Semana Santa leonesa.
Llegan los tiempos donde los cristianos debemos llevar a cabo una honda reflexión de lo que supone en nuestras vidas la celebración de la Semana Santa. Alejándonos del mundanal ruido, dirijámonos nuevamente a nuestras raíces, donde por encima de los actuales fastos, de las aparentes e ilusorias escenificaciones vacías de contenido y de las provocaciones dionisiacas, sobresale la vida y misión de Cristo: el verdadero mensaje sobre todo mensaje.
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