Verdad o ficción: la España que no sabe reírse de sí misma
Desde que gobiernan o influyen figuras como Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Gabriel Rufián, Irene Montero, Belarra, Arnaldo Otegi, Carles Puigdemont... o incluso Donald Trump, la mentira dejó de ser un fallo y se convirtió en estilo de vida. Hoy ya no hay verdad ni mentira: solo relatos útiles. Y cuidado con disentir: "Yo sí te creo, hermana" es ley suprema, mientras que criticarlo puede ser anatema.
La doble vara de medir alcanza niveles ridículos: decir "español el que no baile", "puta España" o "puta Madrid" en esa misma comunidad es libertad de expresión, pero decir "musulmán el que no baile" se convierte en delito universal. Dos varas de medir donde la realidad mata al relato.
El fútbol, sin ironía, sarcasmo, mofa, cachondeo o socarronería -y sin los cánticos entre aficiones, a veces picantes, otras burlones y otras hasta graciosos- no sería fútbol. Sin esa socarronería, la literatura española habría sido mucho más rígida, seria y probablemente menos humana: "El Quijote", el teatro de Quevedo, "Lazarillo de Tormes", el refranero de Sancho Panza... en fin.
Confundir ficción con realidad trae consecuencias: las palabras serán insultos solo si el receptor las acepta como tales. "Enano", "gordo", "flaco", "negro", "mono", "feo", "guapo", "español", "catalán", "musulmán", "cristiano"... serán tratados como insulto cuando quien las recibe así lo interpreta. Lo que no puede ser no debe ser y es imposible. Solo la educación supone un muro contra quien usa las palabras con intención de ofender.
Pero no lo duden: quien más se ofende es quien más critica y piensa que todos son como él. Un ejemplo claro: Vinicius, además de buen jugador, es un gran provocador con aficionados y jugadores contrarios. Aun así, si fichara por esos mismos que hoy le cantan, mañana sería su ídolo. La prueba de que los españoles no son más racistas que nadie es que la mayoría de figuras extranjeras, además de venir aquí, cuando se retiran, permanecen en España con hijos y mujeres de su mismo color. No seremos tan despreciables como nos dicen algunos, muchas veces por pura envidia.
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