¿Mejor sin don o con don?
De guajes nos mandaban a diario, espuerta en ristre, a hacer los recados. En Barres, mi aldea de niño y no tan niño, había cinco tiendas de comestibles: casa Carraco, Ca Julio, Ca Manteleiro, a Canela y la de Jalina (antes Joaquina de Pascua). Cada una con su olor característico, su libreta de fiar y la idiosincrasia de su parroquia. De los tenderos, solo dos eran "don": don Julio y don Manolo, ambos emigrantes a Buenos Aires en su juventud, que habían vuelto con una pequeña fortuna para instalarse en el terruño. El tratamiento les venía casi de serie, junto a cierta prestancia. Y no eran los únicos. También estaban don Enrique, el cura; don Antonio, el maestro; don Arturo y don Alejandro, de Obras Públicas; don León, el administrativo del Ayuntamiento, y su esposa, doña María, que regentaba la panadería; don José, el del banco... Aunque, curiosamente, el director del otro banco, nacido en el pueblo, quizá por eso nunca fue "don" para nadie. El lenguaje siempre tuvo sus caprichos.
Mientras tanto, un premio Nobel nacido en Luarca, al que veíamos pasear en descapotable y aparcar en el muelle de Figueras, para ir a comer al Peñalba, lo llamábamos simplemente Severo Ochoa. A secas. Sin don ni falta que le hacía.
Hoy el cura es Marcial, el maestro Juan y el director del banco Modesto. Todo más cercano más plano, más moderno. Tal vez más igualitario.
Pero uno sospecha que no hemos perdido el "don". Tal vez lo que hemos ido dejando por el camino es el con don, que no es lo mismo.
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