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Santo Toribio de Liébana

13 de Abril del 2026 - Antonio Parra Galindo (Cuideiru)

16 de abril, Santo Toribio de Liébana.

La fe y el tesón huyen a las montañas y a la sombra del pico Ubiello por la otra cara Santo Toribio, uno de mis muchos santos de las actas mozárabes en las que es abundoso el mes de abril, debió de vivir en el monasterio donde cuatro siglos después un monje anónimo con tino de buen pendolista caligrafió y pintó los primorosos códices miniados del Libro del Apocalipsis, más conocido por el nombre de Beato de Liébana. De su vida se sabe bien poco. Que lo hicieron obispo de Astorga, la sede que ocuparía también San Fructuoso de Braga, y que fue un varón justo y limpio de corazón al que el Papa San León Magno le escribe una carta [el mismo que recriminó la conducta levantisca a San Hermenildo contra su padre Leovigildo]. Quizás no tengamos que fiarnos mucho de los panegiristas y hagiógrafos que hacen el elogio de personajes descorridos y deforman la mirada. Pero una cosa es importante en esta pléyade de oscuros varones: que fueron a refugiarse a las soledades del Bierzo buscando a Jesús en la vida contemplativa y fundaron monasterios en cuevas a lo largo de la cordillera pirenaica. Dicen que allí estuvo asentado el paraíso. Dumio, la sierra de Oscos, los recónditos emplazamientos de las montañas cantábricas, las Batuecas, el Valle del Silencio camino de Astorga y Ponferrada. Estos personajes me reafirman en mi vieja creencia de que la santidad existe y se determina de muchísimas maneras porque múltiple y multifaria, hablando muchas lenguas y a través de innumerables circunstancias se produce el aproximamiento a Dios lejos de las vanidades del mundo. El monaquismo tan denostado e incomprensible para nosotros produjo estas figuras extrañas que encontraron a Dios en el retiro y en los libros, en la controversia, porque Cristo los hizo libres. Cristo libertador. El Eleuteros frente a las miserias y circunstancias de la vida terrenal. Y aun hoy sigue existiendo la bondad y la gracia. Se puede practicar perfectamente el anhelo de perfección y el monaquismo viajando en autobús o en medio de la vorágine de esta ciudad tan bella y cosmopolita que es Madrid. Santo Toribio interceda por nos. También nosotros tenemos vocación de pendolista y amamos la belleza interior que consagra a las almas. Y que nada tiene que ver con el "edoné" lo exterior, lo carnal y mortal y todo eso que desaparece en la tumba para trocarse en polvo y gusanera.

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