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El Pueblo: sin diferencias

21 de Abril del 2026 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

Debo confesar mi admiración por la ciencia ficción y en especial por la obra de Zenna Henderson y su único tema. Hace medio siglo me tropecé con "Peregrinación: el libro del Pueblo". Quise leer su continuación: "El Pueblo: sin diferencias", pero tuve que esperar 20 años hasta que salieron a la luz las dos novelas juntas en "El Pueblo" (nº 75 de Nova ciencia ficción). La vida de Zenna como maestra y su experiencia en el campo de internamiento para japoneses de Sacaton (Arizona) durante la Segunda Guerra mundial marcaron su visión de esos seres apartados del resto de los diferentes, cuyos niños iban a la escuela un poco como arrastrando los pies (sobre todo las niñas).

Esto también viene a colación porque en 1965 Jean Duvernoy nos desveló, bajo el título "Le Registre d'Inquisition de Jacques Fournier", el legado de los cátaros: otro pueblo sin diferencias. Más tarde, Emmanuel Le Roy Ladurie publicaría: "Montaillou, aldea occitana". Los cátaros no tuvieron buena suerte, quizá por no arrastrar los pies, y fueron exterminados. Los cátaros seguían los Evangelios lejos de las instituciones; creían en la pureza del espíritu frente a un mundo material imperfecto: lo que C. S. Lewis definiría como: «No tienes un alma, eres un alma y tienes un cuerpo». Era una teología que la Iglesia de aquella época, ostentando la riqueza del poder temporal de los obispos, no podía consentir. Quizá tampoco ahora, pues al fin y al cabo no proliferan las comunidades cristianas de base y el obispo de La Seu de Urgell aún sigue siendo el jefe de Estado de la occitana Andorra de bancos y comercio.

Precisamente el pasado domingo se leía un trozo de los Hechos de los Apóstoles: «Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían las posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno». Obviamente era otro pueblo sin diferencias que formaba una sociedad más comunitaria y colaboradora, muy distinta de las aún no formadas instituciones eclesiásticas cristianas.

Está claro que, por mucho que la veleta perseveré en señalar por dónde viene el viento de las buenas noticias, será siempre vilipendiada por no señalar lo conveniente. Porque no estamos aquí para pensar según nuestra libertad, sino según la necesidad institucional. Además, nadie puede probar que esos viejos regímenes de propiedad colectiva con trabajo compartido y democracia directa, vayan a tener éxito (salvo durante 116 años en los kibutz), por eso son atacadas por acciones terroristas de los que quieren imponer el integrismo y eliminar a un pueblo sin diferencias.

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