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Europa no puede mirar hacia otro lado

21 de Abril del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

La política migratoria no puede seguir tratándose como una herramienta de propaganda moral ni como un recurso político al servicio de intereses partidistas. Cuando un gobierno relaja controles, rebaja exigencias y transmite al exterior la imagen de que la entrada y la regularización serán cada vez más fáciles, no solo compromete el equilibrio interno de su país, sino que afecta al conjunto de Europa. Por eso la Unión Europea no puede mirar hacia otro lado.

La inmigración irregular no es un fenómeno que termine en las fronteras nacionales. Cada decisión unilateral que favorece entradas sin control tiene consecuencias directas sobre los países vecinos, sobre la seguridad común y sobre la sostenibilidad de los servicios públicos en toda la Unión. Pensar que esto es un asunto exclusivo de cada gobierno es ignorar la realidad de unas fronteras compartidas y de una responsabilidad que también lo es.

Lo preocupante es que, en demasiadas ocasiones, la gestión migratoria parece responder más a cálculos políticos que a criterios de responsabilidad. Se vende flexibilidad como solidaridad, se presenta la falta de control como humanidad y se reduce cualquier exigencia a una supuesta falta de empatía. Pero gobernar no es construir relatos emotivos; gobernar es anticipar consecuencias y proteger la estabilidad social.

Cuando un gobierno permite que se debiliten los filtros de entrada y facilita procesos de regularización sin exigir integración real, antecedentes limpios, capacidad de adaptación o aportación efectiva, está enviando un mensaje peligroso: que las normas pueden relajarse por conveniencia política. Ese mensaje no solo incrementa el llamado efecto llamada, sino que convierte al país en un punto de entrada cuyas consecuencias terminan repercutiendo en toda Europa.

La solidaridad exige orden. Quien pretenda formar parte de una sociedad debe cumplir requisitos, respetar normas y demostrar voluntad de integrarse. Eso no es dureza; es responsabilidad. Lo irresponsable es utilizar una cuestión tan delicada para sostener discursos ideológicos o para alimentar estrategias políticas a corto plazo.

Europa debería exigir seriedad a cualquier gobierno que comprometa con sus decisiones el equilibrio común. No se trata de cuestionar la solidaridad, sino de impedir que se confunda deliberadamente con ausencia de control. Porque cuando se abren puertas sin límites, sin previsión y sin exigencias, no solo se tensiona un país, se pone en riesgo la estabilidad de todos.

La inmigración necesita humanidad, sí, pero una humanidad responsable. Lo contrario no es solidaridad, es negligencia política. Y la negligencia de un gobierno nacional, en una Europa sin fronteras interiores, termina siendo un problema europeo.

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