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La grandeza silenciosa de hacer país

23 de Abril del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hace unos días, LA NUEVA ESPAÑA nos informaba de una noticia de esas que no solo informan, sino que también levantan el ánimo de un territorio entero. En este caso, un vecino de Castropol cruza fronteras, compite contra gigantes y termina tocando el cielo en Londres. No estamos solo ante un premio. Estamos ante una lección colectiva. En algo muy grande y ejemplarizante.

Rubén Leivas, castropolense de raíz, y su socio David Martínez son las almas de la destilería cántabra Siderit, que ha conseguido lo que muchos consideran imposible: que un whisky español sea elegido el mejor del mundo en los prestigiosos World Whiskies Awards 2026. ¿Quién lo iba a decir? Y no ha sido un golpe de suerte ni una casualidad de jurado despistado. Ha sido el resultado de años de trabajo silencioso, de obsesión por el detalle, de creer en un proyecto cuando lo fácil habría sido solo aspirar a ir tirando.

Lo dice él mismo con una mezcla de humildad y asombro: "Somos una microdestilería independiente, española, de Cantabria, y hemos competido con grandes multinacionales". Y quizá ahí esté la clave. No es solo una victoria de Siderit. Es una victoria de todos los que empiezan con poco más que una idea, un sueño y la testarudez necesaria para no rendirse. Sin duda, el camino no es fácil.

El relato de la final en Londres tiene algo de cine. De esos guiones en los que nadie espera el final feliz. Nos dice Tania (la reportera del diario) que los protagonistas, sentados en la mesa 21 de 21 -la última, la más alejada del escenario-, Rubén y su socio, ya asumían la discreción del destino. "Vamos a disfrutar de la cena", pensaron. Pero el destino, a veces, tiene sentido del humor. Entre plato y postre, saltó el anuncio dando a conocer que en esta ocasión la mejor destilería del mundo era whisky de centeno Siderit. Y entonces el salón entero aplaude. Y dos hombres del norte de España se levantan entre la incredulidad y la emoción. No es solo un premio. Es el reconocimiento de que algo pequeño, bien hecho y honesto puede mirar de frente a los grandes imperios del sector.

El éxito de Siderit no nace de la improvisación. Nace de una filosofía sencilla y casi antigua, que es hacer las cosas bien. Sin atajos. Sin concesiones. "Disfrutando de las cosas bien hechas", repite Leivas como quien resume una forma de vida más que un eslogan empresarial. Y quizá ahí esté la verdadera revolución.

Porque este premio no solo coloca a una destilería en el mapa. Coloca a España -y a lugares como Castropol, discretos, pero fértiles en talento- en una conversación global donde antes solo aparecían los sospechosos habituales: Escocia, Japón o Estados Unidos. Ahora hay un nuevo actor. Y habla con acento propio. Hasta la mitad en fala.

Conviene detenerse un momento en esto. Porque no todos los días un proyecto nacido lejos de los grandes centros industriales consigue abrirse paso en un sector tan tradicional. Y no lo hace copiando, sino reinterpretando. Dándole una vuelta a lo conocido hasta hacerlo irreconociblemente bueno. Quizá por eso uno no puede evitar pensar que este tipo de historias merecen algo más que titulares. Merecen memoria. Merecen reconocimiento público. Y sí, quizá incluso merezcan una estatua en algún lugar simbólico de Castropol. No tanto a la persona como a lo que representa, la capacidad de un pueblo de producir excelencia sin pedir permiso.

Porque lo verdaderamente importante no es el whisky. Es lo que simboliza. La confirmación de que desde aquí también se puede construir mundo y, sobre todo, lanzar un profundo ejemplo a todas las personas, no solo jóvenes, sino también maduros y en edad de trabajar.

Y en tiempos en los que tanto se habla de crisis, de fuga de talento o de desánimo, historias como la de Rubén Leivas y David Martínez recuerdan algo esencial. Y es que todavía hay gente que se empeña, aunque no disponga de grandes recursos, en hacer grande lo pequeño. Y lo consigue. ¡Enhorabuena, señores!

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