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Cabalgando caballos de Troya

24 de Abril del 2026 - Julio L. Bueno de las Heras (Oviedo)

Por decirlo en cuatro palabras, son muchos, variados, mudables y polisémicos los descriptores filológicos al uso en el enrarecido, indigesto y vocacionalmente tóxico momento actual. Su origen puede ser una rigurosa y reglada evolución de la lengua propia (conservando producto natural y sereno, cocinado como mandan cánones y chefs). También puede ser por inmigración o importación, haya o no por medio una regularización apresurada (en este caso a cargo de una RAE a veces hermética, purista y remisa, otras veces receptiva y obsequiosa), obedeciendo a la ineludible -enriquecedora o erosiva - invasión de nuevos o remozados conceptos, mayormente anglosajones (que sería ridículo y estéril, cuando no contraproducente, tratar de traducir a la lengua de Cervantes). Otras veces adoptamos lingüísticamente hijos naturales, haciendo nuestras jugosas, chispeantes, descocadas y sonoras expresiones gestadas en las otras Españas, términos que solo vienen de visita por su oportunidad y utilidad coyuntural, o para quedarse en casa de los güelinos sin fecha de caducidad cuando lo hacen avalados por su gracia, precisión, genialidad y robustez innatas. Y, finalmente, otros vocablos o expresiones hay por estos mundos que son herramientas torticeras al servicio de la sectaria, interesada, impúdica y agresiva ingeniería social que venimos padeciendo (y tolerando como borregos) a ritmo acelerado y sin redención profetizada en las escrituras.

Afortunadamente, y tras el pasmo inicial que todas las tiranías producen en las almas de cántaro, las dictaduras de la memoria artificial y su expresión artificiosa ya están siendo quirúrgicamente analizadas por plumas agudas y certeras -vírgenes o desengañadas-, primer paso para la desactivación de montajes y trampantojos. Tal es el caso de una reciente obra homónima sobre el caballo de Troya de Occidente -"La dictadura del lenguaje"- en la que su autor, ya desde la primera página, identifica "la lengua como arma de guerra", y afirma -teniendo lo que hay que tener- que "el progresismo, el wokismo y el globalismo -parientes cercanos- han convertido el lenguaje en su arma más poderosa, de modo que, cuando las palabras pierden su significado, las personas perdemos nuestra libertad".

Entre un desfile de titulares que podrían crear intranquilidad en el lector de ser editoriales avalados por una cabecera seria y no simples opiniones de cronista coyuntural, se pudo leer en LA NUEVA ESPAÑA del pasado domingo que "el progresismo mundial toma impulso en Barcelona frente a la ola reaccionaria", refiriéndose a las "fuerzas defensoras del Derecho Internacional" reunidas en la Ciudad Condal pretendiendo dictarnos -formados, firmes y sumisos- una nueva orden del día, mientras la tropa enmudece ante reprimendas, mandatos e instrucciones de tan patético pero engreído alto mando. A esta pintoresca cumbre, entre cuartelera y neoeclesial, solo han faltado (por bien sabidas razones idiomáticas, de agenda o de sobrevenido cambio de residencia) esos modélicos líderes que casi todos tenemos en la cabeza. Centrándonos en el primero de los palabros allí mencionados, y teniendo presentes tanto las académicas definiciones de progreso y progresía como los consabidos nexos analógicos que la picaresca ha establecido, no sin razón, por ejemplo, entre carteras y carterismos, cabría preguntarse qué modalidad de progreso espiritual, humanístico, político, social, científico, sanitario, artístico, cultural, económico, deportivo o circense están catalizando las personalidades reunidas -incluidas las más próximas- en las afortunadas tierras que los dioses han puesto en sus manos. Y luego, con la ayuda o no de estos iluminados, podríamos también pasar a identificar en su sustancia, morfología y funcionalidad la "ola reaccionaria" allí denunciada y exorcizada. Y, como plato fuerte, asesorados por alguno de los juristas de su misma cuerda, podríamos abordar qué entienden por Derecho, desde lo natural hasta lo internacional. Temo que, si hemos desaprovechado la oportunidad de hacernos con una de las mantas térmicas que recientemente se ofertaban desde estas mismas páginas, mal vamos, porque corremos el riesgo de que, si no estamos vacunados, se nos hiele nuevamente la sangre en las venas. Y no será la última.

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