El refugio áureo frente a la inmediatez
Escribo estas líneas como estudiante de uno de los campus que la Universidad de Oviedo (Uniovi) mantiene en nuestra histórica cuenca minera. Permítame que me reserve el nombre exacto de mi facultad y mi ubicación; al fin y al cabo, el mal que pretendo describir en estas líneas no entiende de códigos postales ni de disciplinas académicas, sino que es un virus generacional que nos afecta a todos por igual.
Me dirijo a usted, y a sus lectores, con un profundo poso de amargura. Día tras día, observo en las aulas, en los pasillos y en las cafeterías universitarias una alarmante y tristísima pérdida de originalidad en mi generación. Parece que la juventud hubiera firmado una rendición incondicional, renunciando a la voz propia y al pensamiento crítico. Este declive, que ya venía gestándose de un tiempo a esta parte, se ha visto fatalmente agravado por la reciente irrupción de la inteligencia artificial. Mis coetáneos están delegando no solo sus trabajos y ensayos universitarios, sino su capacidad de asombro, de reflexión y de creación a algoritmos ciegos. Nos estamos convirtiendo en copias de una máquina, estandarizando nuestro pensamiento hasta diluir cualquier rastro de brillantez individual. Resulta irónico que, en la era con más herramientas para crear, nos conformemos con ser meros editores de textos prefabricados.
A este secuestro del intelecto se suma el secuestro de nuestra atención. Nuestra capacidad de concentración ha sido triturada, reducida a la duración efímera de un vídeo de plataformas como TikTok. Vivimos atrapados en un bucle de estímulos rápidos, un carrusel de dopamina barata que nos impide profundizar en cualquier tema. Si un texto, una conversación o un pensamiento requiere más de quince segundos de esfuerzo, es descartado automáticamente. La vida moderna, en su vertiginosa superficialidad, nos está arrebatando la pausa necesaria para pensar y sentir.
Sin embargo, en medio de este panorama gris y mecanizado, he comenzado a vislumbrar un inesperado rayo de esperanza. Como una resistencia silenciosa, noto un retorno a los clásicos en una minoría creciente. Veo a jóvenes que, exhaustos del ruido digital y de la vacuidad de las pantallas, deciden apagar el teléfono y abrir un libro. Y no un libro cualquiera. Me refiero, concretamente, a los gigantes de nuestro Siglo de Oro español.
Hablo de jóvenes que están releyendo -o que, en muchos casos, están descubriendo por primera vez con auténtico asombro- a Cervantes, a Lope de Vega, a Quevedo, a Góngora o a Calderón de la Barca.
En esos versos centenarios, en esa prosa afilada, irónica y profundamente humana, mi generación está encontrando la receta exacta para la razón y la cordura. Donde la inteligencia artificial ofrece respuestas planas y complacientes, el Siglo de Oro exige un esfuerzo intelectual deslumbrante. Donde las redes sociales nos venden vidas perfectas y efímeras, un soneto de Quevedo o el desengaño de "La vida es sueño", nos devuelven a la complejidad real de la existencia, recordándonos qué significa verdaderamente estar vivos.
Estos clásicos se han revelado como la brújula perfecta. Nos enseñan que las pasiones, los miedos y los dilemas del ser humano no han cambiado tanto en cuatrocientos años, y nos proporcionan el anclaje necesario para guiarnos en una vida moderna que cada vez es más ruidosa, desorientada y hostil. Ojalá esta pequeña trinchera literaria siga creciendo en nuestros campus. Tal vez, paradójicamente, la salvación de nuestra juventud no dependa de la última actualización tecnológica, sino de volver a leer a aquellos que mejor entendieron el alma humana.
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