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Cuando me muera, quiero estar vivo

27 de Abril del 2026 - Juan Luis Paz Martínez (Mieres)

La ACC (etéreo think tank cristiano organizador del debate en el Club LNE sobre la eutanasia) no me respeta: van sin preparar, leer, argumentar ni actualizar. No aclaran que son creacionistas, provida, creyentes, sufridores, antiderechos; se ponen una túnica científica y pista: el alma pesa 21 gramos.

Un psicólogo reaccionario (presidente de ACC y moderador partidista) suelta una fábula de campamento infantil: "Extiende tu vida si ves una luz"; ofrece megas extra de navegación y tarifa valle de lágrimas ilimitadas; dice algo sobre "la voluntad": podría arrepentirme; no uso roaming extraterrestre, y tira de comodín filosófico con el libre albedrío; como estoy contento con mi actual compañía, cuelgo. Risas entre los adultos.

Un biólogo cristiano (y socio del comercial) me recuerda a criaturas jugando al escondite: "vida, vida", repite tras contarme sus 60 años sin saber montar una estantería sueca; venido arriba, añade alusiones a los "no nacidos" (sic); en su cabeza este gazpacho sonaba mejor y acabaría con "es asunto de Dios". Confusión y carcajadas entre los mayores de edad.

Otro biólogo fundamentalista (socio también) habla desde Texas; mantiene el disparate, incapaz de hacerse entender en inglés o spanglish; nadie pide un médico, pero uno se ofrece a traducir; como nadie entiende el spanglish murciano, el ultra de ultramar se diluye en algún cable submarino. El biólogo cristiano aclara que el texano dijo "vida". Algazara entre los que no se meten en la vida de los demás.

El jurista engolado sobreactúa para hacernos dudar, e inventa una colisión constitucional entre derecho a vivir y eutanasia. Hace agua cuando le recuerdan que es trámite ya superado, tocado al desconocer el testamento vital, y hundido al no diferenciar entre derechos y obligaciones: "La ley de eutanasia convierte la excepción en norma", dice; en el mundo al revés, los iletrados le aclaramos al letrado que la ley acoge la excepción, no la impone: suspenso. Le veo en el TS.

El médico del Opus, ahora disfrazado de filólogo, explica la dignidad, pero se comporta de forma contradictoria con su concepto auténtico: desordena los turnos de palabra, manda callar, y gesticula como director de orquesta poseído por Trump con un discurso deshilachado, confuso, errático; practica la falacia de generalización, se ensaña ("el sufrimiento humaniza"), traduce (también) lo que pienso, y tira de Hegel. No me río; soy más de Sartre.

Hace un siglo ya se celebraban estos comités dogmáticos bajo paraguas académicos, barnizando con "verdad científica" sus sesgos y fobias: si no eras varón, blanco y heterosexual eras inferior, cuando no enfermo mental. Hoy van a por DMD, pero se quedan en versión de chiste: un psicólogo, dos biólogos, un médico y un abogado jugando a "Mr. Potato provida" con un pastiche científico-técnico torpe e insolvente: el engendro resultante dibuja una silueta surrealista y sectaria.

Veo la luz con Pilar (representante de DMD): expone los conceptos tal cual eran antes de que los integristas los adulterasen. Ordena los significados de dignidad, sufrimiento, voluntad, derechos, justicia y libertad; limpia la suciedad depositada burdamente sobre ellos. Los fanáticos, con urticaria aguda: el pseudomoderador la interrumpe despreciativamente, repitiendo "rapidito", y el del Opus la agarra condescendientemente; cuando consigue hablar, la dignidad le aplaude.

¿Por qué los ortodoxos pervierten las palabras más grandes y bellas para jibarizarlas hasta la talla de su mentalidad? Entiendo que quieran para sí dolor y epifanía, pero no la ofuscación apostólica por imponérnoslo. Y menos paternalismo: hasta a este ateo le puede doler el alma, y si tengo derecho legal a que me resulte insoportable, déjenme volver a ser lo único que fui, soy, seré: polvo.

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