El neñu de La Vita
El 23 de abril Mario cerró el libro de su vida terrenal para abrir (al menos así lo creemos los cristianos) otro volumen aún más espléndido en otra vida mejor que supo ganarse a pulso en este valle de lágrimas.
Aquel guaje de La Vita; aquel inquieto rapacín parragués que hace pocos meses compartía recuerdos con sus compañeros de promoción en el instituto de Cangas de Onís; aquel neñu que parió una madre a la que nunca estaremos suficientemente agradecidos por ese regalo vital que nos dio, y aquel hermanu de Toña y Gladis que se hacía sus primeras brechas en las rodillas y codos con la bici en Arriondas nos llegó a Guadalajara para convertirse no solo en el marido de María José y en el padre de Mario, sino en un referente de la vida pública de esta dura, pero noble, tierra castellana. Pero además, y sobre todo, para convertirse en amigo, el mejor; y también en hermano; a veces padre, a veces hijo, y muchas veces confidente de cientos y cientos de personas que encontraron en él a una persona fiable, sencilla, honesta elegante y sobre todo leal, muy leal.
Ahí están, por ejemplo, personas como Juan Antonio, Gabino, Juan Pedro, María de los Ángeles, Luis, MJ, Carolina, Begoña, Eva, Lorenzo, Encarna, Juanjo, José Manuel, Jesús, Alberto, Carmen, Javier, José Ángel, Paco, Albertina, AnaGon, Pedro, Alfredo, Julio, María, Carolina, Concha, José Luis, Cesar, Chechu, Ciprián, Ángela, Dimitru, Olga... y tantos cientos y cientos más para confirmarlo o desmentirlo.
Y si no, que lo digan también las familias y personas que llegaron a España en busca de una oportunidad mejor en su vida y se encontraron con la ayuda inesperada, pero eficaz, siempre eficaz, de un Ángel: Mario.
Porque Ángel Mario González Somoano era un ser inquieto que buscaba permanentemente hacer cosas para ayudar (o servir desde lo público) a los demás. Especialmente en el mundo rural.
Las ideas bullían en su cabeza a mucha más velocidad de lo que su lengua podía expresar. Eran grandes ideas, maduradas hasta el infinito, que luego sabia poner en práctica aderezadas con su sonrisa perenne, su afabilidad, su don de gentes, su comprensión, su bonhomía, su empatía y su sencillez como persona. A Mario era difícil no quererle (aunque algunas/algunos se empeñaron en ello y lo consiguieron, y en el pecado llevarán siempre la penitencia porque no saben lo que se perdieron).
Y para que este recuerdo y su gran trabajo no quede solo entre los centenares de personas que le quisimos, le admiramos y le conocimos, propongo desde aquí la creación de la Fundación Ángel Mario González Somoano, que estaría dedicada no solo a preservar su legado y su trabajo, sino a colaborar y ayudar en lo que él más quiso: el mundo rural, los pueblos de Guadalajara, de Asturias y de tantos lugares de España que sufren el abandono, la despoblación y el olvido.
Pero por encima de todo para ayudar a las personas. Como él me dijo una vez que visitamos el Valle del Mesa con aquel viejo coche que tenía y que casi se nos fue de la carretera por el hielo: "Gaitán, aquí estamos por las personas; y si venimos una tarde de invierno como esta desde Guadalajara hasta Villel es porque hay personas que necesitan vernos, contarnos sus problemas y saber que no están solas y que pueden contar con nosotros". Así era él. Dispuesto a hacer casi 300 kilometros de ida y vuelta una fría tarde de marzo solo para hablar, y escuchar, a los que le pedían ayuda.
Nadie muere mientras haya alguien que le recuerde. Y Ángel Mario González Somoano se ganó en vida el derecho a permanecer en la memoria de millares de personas. Y está en mi memoria. No podía ser de otra manera tras lo que hizo por mí en uno de los momentos más duros de mi vida, aceptándome en su equipo de trabajo. Y también está (y a buen seguro estará siempre también) en el recuerdo de los cientos de amigos que nos reuniremos para recordarle el próximo 7 de mayo en la Concatedral de Santa María.
Una anécdota final: el mismo día y casi a la misma hora que Mario volvía a la tierra que le vio nacer, su tierra asturiana, varios amigos asistíamos en Guadalajara a otro funeral por la madre de unos amigos comunes. Nuestras oraciones iban para la madre de esos amigos pero también por Mario. Durante la ceremonia, dos pajarillos (dos) volaban incesantemente sobre el féretro de la madre de nuestros amigos tratando de salir del templo guiándose por la luz. Finalmente, cuando concluyó la ceremonia y se abrieron las puertas, estos dos pajarillos pudieron volar libremente hacia el cielo. El que quiera entender que entienda.
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