Sin techo para soñar
Tengo veintitantos años y llevo más tiempo del que me gustaría viviendo en casa de mis padres. No por comodidad ni por falta de ganas, sino porque la realidad del mercado no deja mucho margen para otra cosa. Trabajo, me formo, ahorro lo que puedo, y lo más cerca que estoy de independizarme es irme de casa y compartir piso con desconocidos.
Lo más duro no es el precio en sí, sino asumir que esto no va a cambiar pronto. Que el esfuerzo que haces hoy no te acerca necesariamente al objetivo. Que emanciparse, que debería ser un paso natural en la vida de cualquier persona joven, se ha convertido en un privilegio.
Por eso existen los sueños frustrados, para recordarte lo que no puedes experimentar. La nueva meta ya no es tener un piso propio, es encontrar a alguien de confianza con quien compartirlo.
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