El virus del miedo
Hay voces que un país no escucha: las revive. Y la de Fernando Simón pertenece ya a esa categoría capaz de transportar al oyente a marzo de 2020 como una máquina del tiempo subvencionada por el BOE. Basta escuchar ese tono ronco, burocráticamente tranquilizador y científicamente impreciso, para que regresen confinamientos, ruedas de prensa interminables y expertos elevados a la categoría de oráculos televisivos. Y, por supuesto, aquella frase destinada a sobrevivir grabada en mármol: "No habrá más allá de un caso diagnosticado".
El hantavirus existe y conviene hablar de él con seriedad. Está vinculado a roedores infectados y algunos cuadros pueden resultar graves. Precisamente por eso resulta inquietante comprobar la velocidad con la que ciertos engranajes mediáticos vuelven a activarse. España parece haber desarrollado una peligrosa afición al catastrofismo administrado desde arriba: cuanto más alarmante es el titular, más cómodo parece sentirse el poder.
Mientras resurgen mapas, síntomas y expertos permanentes, desaparecen discretamente otros asuntos incómodos: las guerras enquistadas en Oriente Próximo, la inflación persistente o las polémicas que rodean de manera reciente al entorno gubernamental, como las presuntas corruptelas atribuibles a la señora Begoña Gómez, José Luis Ábalos, Koldo y Cerdán.
Y quizá esa sea la reflexión más incómoda. Criticamos la teatralización permanente de la política, pero seguimos regresando disciplinadamente a la pantalla para consumir la siguiente alerta colectiva. Tal vez el verdadero virus contemporáneo no sea solo sanitario, sino informativo: una mezcla de miedo, saturación y obediencia emocional que convierte cualquier sobresalto en un espectáculo perfectamente digerible.
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