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Listas de espera: ¿Indignarse o resignarse?

9 de Mayo del 2026 - Plácido Rodríguez Fernández (Candamo)

"Lo primero que me gustaría resaltar es que, a pesar de las vicisitudes que estoy pasando en la actualidad, a la espera de realizar una operación de prótesis de cadera, me encuentro muy agradecido con el sistema de salud por motivos anteriores". Así es como encabecé la carta que presenté en Atención al Paciente en enero, después de que, tras seis meses, me hubiese caducado el primer preoperatorio que me hicieron en el HUCA, previo a lo que pensé sería una próxima intervención quirúrgica.

A tenor de la cantidad de gente que me aborda para interesarse por mi estado —cuando, después de dos años cojeando, primero me preguntan y después me cuentan su experiencia o la de algún familiar o conocido—, supongo que somos muchos los que nos encontramos en una situación parecida, en la que las listas de espera cada vez se alargan más en el tiempo, en general en todos los servicios y en concreto en el de Traumatología.

En mi caso particular, «aparte de tener que dejar de trabajar como bombero, llevo más de un año con muchas dificultades para realizar las tareas cotidianas, no puedo caminar sin muletas y se me están resintiendo otras partes del cuerpo por la postura forzada que adopto al hacerlo. También me cuesta bastante conciliar el sueño, cuestión que me está afectando anímicamente y en el trato con las personas de mi entorno.

Tratando de ser lo más objetivo posible, siento que sufro algún tipo de alteración psicológica producida por la inactividad, la falta de motivación diaria y el consumo de medicamentos para el dolor, junto con una sensación recurrente de inadaptación social y de sentirme —perdón si suena exagerado— como un despojo que ya no sirve para nada.

Salvo algún caso muy puntual, todas las referencias que tengo de gente más o menos de mi edad acerca de los resultados a corto, medio y largo plazo después de la intervención indican que se puede recuperar la actividad física y llevar una vida normal, cuestión esta última que, de verdad, cada día que pasa siento que se me está escapando si no me operan pronto».

De este modo continúa la “reclamación” que presenté en su día y que rematé volviendo a dar las gracias por la atención prestada.

Unos meses más tarde, me contestó por carta la gerente del área sanitaria diciendo, entre otras cosas —que supongo son las disculpas genéricas protocolarias en estos casos—, que lamentaban los trastornos ocasionados y que se intentaría programar mi intervención en el plazo más breve posible.

Lo que me temo, y que es motivo de esta carta, ahora que ya hay otro gerente, es que de nuevo se dilate el proceso, entiendo que por motivos de falta de personal e insuficiente partida presupuestaria para atender con un mínimo de celeridad las desquiciantes listas de espera en la sanidad pública asturiana.

Y es aquí donde no me queda otro remedio que arremeter, por supuesto de forma pacífica y, creo, educada, contra los cargos institucionales a los que, de manera recurrente, se les llena la boca con las bondades de los servicios sanitarios. Si bien, en general, se intentan cumplir los objetivos de atención al paciente gracias al conjunto de trabajadores del área sanitaria, estos se ven relegados, en parte, al descrédito público por la falta de medios y personal que los gobernantes autonómicos parecen incapaces de solventar.

Como trabajador público me siento afortunado por poder cobrar una baja digna en el estado en el que me encuentro; como administrado, siento que se está despilfarrando el dinero de todos porque, en dos años de baja, el coste para la Seguridad Social es el doble —en torno a unos 100.000 euros—, que es lo que aproximadamente cuesta sustituir en ese tiempo a un bombero. Además, realizar un segundo preoperatorio, algo muy común al parecer, supone un gasto innecesario, no muy significativo si se analiza individualmente, pero que, multiplicado por miles de casos, arroja una cantidad, me atrevo a decir, escandalosa.

Por otro lado, no me quiero imaginar el grado de desesperación que tendría si tuviese que ganarme la vida en un trabajo físico como autónomo. Probablemente habría tocado fondo física, mental y económicamente.

Al final, la salud no deja de ser un problema político del que se aprovechan unos y otros para echarse en cara, por motivos electoralistas, una gestión que nos aboca a la privatización y al negocio interesado de un pilar del Estado del bienestar. Por eso no entiendo cómo, desde un gobierno de izquierdas que lleva casi dos mandatos enlazados, no se corrige ese deterioro, un deterioro que es el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de una ultraderecha que se alimenta de la indignación de la gente por ese motivo. Una ultraderecha que, no nos equivoquemos, trata de retrotraernos a un pasado preconstitucional en el que la sanidad pública dependía más de la buena voluntad de médicos y sanitarios que de la apuesta gubernamental por un modelo solidario.

Por eso, aparte del cansancio físico, siento el cansancio mental de tratar de justificar continuamente lo que me ocurre, como si, a ojos de sus detractores, estuviese pasando una larga penitencia por defender el sistema público de salud, como si el dolor y la minusvalía fuesen el precio a pagar por ello.

Pese a todo, no quiero rendirme, pero siento que, en este estado, solo puedo resignarme a aceptar lo que venga, dejando a un lado la reivindicación de un sistema social más justo que ralentiza los beneficios ingentes de las grandes empresas del sector cuando se acortan las listas de espera.

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