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La sociedad que arrincona a sus mayores

11 de Mayo del 2026 - José Viñas García (Oviedo)

Da igual que la letra sea de Serrat o de un simple "fake". Lo verdaderamente importante es que refleja una realidad cada vez más evidente: la soledad de las personas mayores y el progresivo desprecio social hacia quienes levantaron el bienestar, las libertades y la estabilidad de las que hoy disfrutan otros.

Vivimos una paradoja histórica. Nunca hubo tantos mayores en proporción dentro de la sociedad y, sin embargo, jamás habían tenido tan poco peso real en la política, en las empresas, en los espacios de decisión y en la vida pública. La experiencia ha dejado de valorarse; la vejez se percibe como un problema que gestionar, un gasto que reducir o una carga incómoda para una sociedad obsesionada con la eterna juventud, la inmediatez y la utilidad económica.

Muchos jóvenes creen que esto nunca irá con ellos. Pero el tiempo no perdona a nadie. Antes de que se den cuenta, ocuparán el lugar de aquellos a quienes hoy algunos apartan, esconden o desprecian.

Resulta especialmente injusto escuchar cómo se culpa a los mayores de buena parte de los problemas actuales. Se les reprocha cobrar pensiones más dignas que muchos salarios o sostener un Estado del bienestar que algunos dicen ya imposible de mantener. Pero esa acusación no solo es simplista; también es profundamente ingrata.

Fueron precisamente esas generaciones las que trabajaron durante décadas para construir infraestructuras, servicios públicos, estabilidad económica y derechos laborales. Fueron quienes levantaron, con esfuerzo y sacrificio, un verdadero Estado de derecho y de bienestar. Supieron luchar por la democracia, por las libertades, por la igualdad ante la ley y por instituciones capaces de limitar el abuso del poder.

No heredaron un país cómodo ni estable. Lo construyeron. Y lo hicieron trabajando, ahorrando, sacrificándose y exigiendo responsabilidades a quienes gobernaban.

Por eso resulta tan preocupante ver hoy a una parte de la sociedad instalada en la resignación, la comodidad y el conformismo mientras se deterioran pilares fundamentales de cualquier democracia sana: el respeto a la ley, la separación de poderes, la independencia institucional y la idea de que el poder pertenece al pueblo y no a los partidos.

Mientras la vivienda se vuelve inaccesible, la sanidad pública se deteriora, los salarios no alcanzan, la precariedad se normaliza y el coste de la vida no deja de dispararse, demasiados ciudadanos parecen haber renunciado a exigir soluciones reales. Se protesta menos contra la incompetencia política que contra quienes, después de toda una vida trabajando, lograron una pensión digna.

Y esa es una enorme derrota colectiva.

Las nuevas generaciones harían bien en dejar de mirar a sus mayores como un privilegio incómodo y empezar a verlos como lo que realmente son: la generación que sostuvo el esfuerzo que permitió construir el país que hoy existe.

Porque sin vigilancia ciudadana, sin exigencia democrática y sin fiscalizar al poder, no hay Estado de derecho ni Estado del bienestar que puedan mantenerse. Los políticos son servidores públicos, no dueños de las instituciones ni beneficiarios del sistema. Están para servir a la sociedad, no para servirse de ella.

También el periodismo debería recuperar parte de la función que ha ido perdiendo: vigilar al poder, denunciar abusos y defender el interés general en lugar de actuar demasiadas veces como un simple instrumento de propaganda o enfrentamiento.

Y conviene recordar algo esencial: el pueblo soberano no es una idea abstracta. Son ustedes. Son los ciudadanos.

Las dificultades actuales -salarios insuficientes, empleo precario, vivienda imposible, deterioro institucional, corrupción política o una sanidad pública cada vez más saturada- no pueden atribuirse eternamente a generaciones anteriores. Una sociedad que deja de exigir, de participar y de defender sus derechos acaba aceptando cualquier deriva por comodidad, miedo o resignación.

Suena duro, pero la democracia también se debilita cuando los ciudadanos dejan de comportarse como ciudadanos y pasan a actuar únicamente como espectadores.

Y no, los culpables de todo no son sus padres ni sus abuelos. Ellos, con todos sus errores, supieron levantar y defender muchas de las libertades, derechos y oportunidades que hoy se dan por garantizados.

La pregunta es si las generaciones actuales serán capaces de conservarlas.

Porque una sociedad que desprecia a sus mayores no demuestra modernidad ni progreso. Demuestra desmemoria, ingratitud y una peligrosa falta de conciencia histórica.

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