México y España: la historia no se reescribe desde el resentimiento
Convertir el pasado en arma política no resolverá los problemas reales del presente.
Cada cierto tiempo, desde determinados sectores políticos mexicanos, vuelve a surgir la exigencia de que España pida perdón por la conquista de América. Y, una vez más, la historia se simplifica hasta convertir cinco siglos de acontecimientos complejos en un relato de buenos y malos, víctimas perpetuas y culpables eternos.
Pero la historia no puede reescribirse al gusto de intereses ideológicos ni utilizarse como herramienta de confrontación política.
Resulta profundamente injusto juzgar con parámetros morales y políticos actuales hechos ocurridos hace más de quinientos años. Si todas las naciones comenzaran a exigir responsabilidades históricas por invasiones, guerras o conquistas del pasado, el mundo viviría atrapado en un conflicto permanente. España misma es el resultado de siglos de invasiones, mezclas culturales y conquistas: romanos, fenicios, griegos, cartagineses, celtas, íberos, visigodos, alanos, vándalos y musulmanes del Magreb dejaron una huella decisiva en la formación del país durante siglos.
Sin embargo, nadie plantea hoy exigir disculpas históricas por ello. Porque la historia no funciona así.
Tampoco suele mencionarse que el virreinato español dejó en América estructuras que todavía forman parte esencial de México: universidades, hospitales, ciudades, caminos, instituciones, lengua, derecho y una cultura común que hoy une a más de 500 millones de hispanohablantes. Reducir tres siglos de historia compartida únicamente a un relato de opresión es una simplificación profundamente sesgada.
Además, se omite con frecuencia un elemento clave: el mestizaje. La sociedad mexicana moderna nació precisamente de la mezcla entre pueblos indígenas, europeos y otras culturas. Muchos indígenas combatieron junto a los españoles contra imperios enemigos, y buena parte de la población de la Nueva España terminó formando una sociedad mestiza única en el mundo.
También conviene recordar algo incómodo para ciertos discursos políticos actuales: la independencia de México no fue una guerra entre "mexicanos" y "españoles". Fue, en gran medida, un conflicto interno entre personas nacidas en el propio territorio, muchas de ellas con raíces mezcladas. Los españoles peninsulares eran una minoría reducida. De hecho, puede decirse que no "echaron a los españoles", sino que se enfrentaron entre ellos mismos en una guerra civil compleja.
Y mientras hoy se señala constantemente a España por hechos ocurridos hace cinco siglos, rara vez se menciona que apenas veinte años después de la independencia México perdió más de la mitad de su territorio frente a Estados Unidos: California, Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma.
Tampoco parece existir la misma indignación política respecto a la situación actual de muchos pueblos indígenas, que continúan escasamente representados en numerosas estructuras de poder político, económico e institucional del país, dos siglos después de la independencia.
Por eso resulta difícil sostener que todos los problemas históricos de México se explican únicamente por la herencia española.
Nadie niega que durante la conquista y la colonización existieran violencia, abusos y episodios oscuros. Sería absurdo hacerlo. Pero también es absurdo ignorar la complejidad histórica, el mestizaje, las alianzas entre pueblos y el enorme legado cultural, jurídico e institucional que surgió de aquel proceso.
Mientras millones de mexicanos conviven hoy con el narcotráfico, la corrupción, la inseguridad y la violencia cotidiana, algunos dirigentes parecen más interesados en alimentar agravios históricos y tensiones diplomáticas que en afrontar los desafíos reales del presente.
La historia debe estudiarse con rigor, no utilizarse como cortina de humo política. Porque convertir el pasado en resentimiento permanente no ayuda a construir el futuro de ninguna nación.
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