De clientes a números... y de ciudadanos a estorbos
Muy señores míos de ciertas empresas de telefonía y demás custodios del hilo invisible:
Reciban vuesas mercedes el saludo atento de quien, siendo cliente cumplidor, comienza a sentirse extranjero en su propio servicio.
No ignoraran ustedes que hubo tiempos en que bastaba una llamada para dar de inmediato con una voz humana. Hoy, en cambio, el camino se ha vuelto laberinto: opciones, teclas y respuestas que no escuchan. Y así, quien no nació entre artificios digitales, muy en particular los que somos mayores, queda varado ante una máquina que ni comprende ni se deja comprender. Eso sí, con la suerte de que hoy no exista La Cadellada (Hospital Psiquiátrico Provincial, en Oviedo, Asturias) y, así tener la certeza de que no nos mandarán a él aunque ustedes consigan volvernos turulatos a muchos.
Dirán vuesas señorías que es el signo de los tiempos. Y no lo niego. Mas convendrán conmigo en que el progreso que dificulta lo sencillo, como lo es el hablar con otro, merece, cuando menos, una reflexión. Porque no se pide privilegio, sino trato. No se exige prontitud milagrosa, sino la posibilidad de ser atendido sin tener que vencer antes una carrera de obstáculos en la que muchos podemos perecer síquicamente por el camino.
Pero no acaba aquí mi cuita. Pues, para mayor desasosiego, hube de escuchar días atrás a un buen amigo, de edad pareja a la mía y con buena mente, parece, sostener sin rubor que acaso convendría privar del derecho al voto a los jubilados, ya que solo dan la lata; como si el tiempo vivido restara, en vez de sumar. ¡Vivir para ver! Y pensé entonces que acaso no sean asuntos tan distintos. Que el mismo aire que convierte al cliente en número puede tentar a reducir al ciudadano a estorbo. Primero se nos aparta de la conversación cotidiana y mañana, quién sabe, de la pública.
Conviene recordar, no por nostalgia, sino por justicia, que quienes hoy tropiezan con sus sistemas son, en buena medida, quienes levantaron el suelo que ahora pisan. No reclaman ventaja, sino respeto. No demandan favores, sino, simplemente, ser escuchados y, por lo menos, medianamente atendidos.
Sirva, pues, esta carta como modesto recordatorio, resumiéndola en que: toda modernidad que olvida al más débil acaba empobreciéndose a sí misma. Y toda comunicación que prescinde de personas deja de ser, en el fondo, comunicación.
Quede, pues, en mano de vuesas mercedes el decidir si desean ser artífices de cercanía o administradores de distancia.
Sin otro particular, y con la esperanza de no tener que "pulsar uno para continuar" en la vida real, se despide atentamente,
Un cliente y ciudadano, de momento, que aún confía en que al otro lado haya alguien.
P. D. Extensiva a entidades bancarias y demás entes públicos y privados que, a este paso, seguro que conseguirán meternos a la mayoría de los mayores en "Cadelladas" públicas o privadas.
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