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Cuando la democracia deja de escuchar

18 de Mayo del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

No, no se vivía mejor con Franco. Una dictadura jamás puede ser ejemplo de libertad política. Pero también es cierto que muchas personas recuerdan los últimos años del franquismo y la llegada de la democracia como una etapa de ilusión, estabilidad y esperanza, en la que existía la sensación de que el país avanzaba.

La gente, las familias, los padres, trabajaban sin descanso convencidos de que el esfuerzo era el camino para progresar y dar a sus hijos oportunidades que ellos nunca tuvieron. Se sacrificaban, ahorraban, renunciaban a muchas cosas, no viajaban y vivían solo pensando en construir un futuro mejor para los suyos.

Hoy, sin embargo, mucha gente percibe exactamente lo contrario.

Crece la sensación de retroceso en la convivencia, en la seguridad, en el respeto institucional, en la educación, en el acceso a la vivienda y en la calidad de vida. Cada vez más ciudadanos sienten que el bien común ha quedado relegado frente a la imposición ideológica y el interés partidista.

Hemos pasado del debate al señalamiento y de la discrepancia al desprecio.

Muchos medios, tertulianos y programas ya no parecen interesados en informar, sino en reforzar las convicciones de su público. Cuando alguien dedica todo su tiempo a justificar a unos y demonizar a otros, deja de hacer periodismo para convertirse en activismo.

Programas como El Intermedio llevan años explotando un modelo basado en el sarcasmo político constante, en la caricatura del adversario y en un humor que demasiadas veces no pretende hacer reflexionar, sino reafirmar prejuicios. Un humor repetitivo, previsible y, en ocasiones, profundamente condescendiente con la inteligencia del espectador.

Pero el problema va mucho más allá de un programa de televisión.

Hemos convertido la política en una batalla permanente entre bandos irreconciliables, como si todo se redujera a buenos y malos, a blanco o negro. Y la realidad nunca es tan simple. Todos tenemos contradicciones, errores y también parte de razón.

La democracia consiste precisamente en convivir con quien piensa distinto. En aceptar que nadie posee toda la verdad y que millones de ciudadanos merecen el mismo respeto aunque defiendan ideas completamente opuestas.

Por eso resulta tan preocupante el deterioro del debate público. La crítica ya no se responde: se desacredita. El adversario político ya no es alguien con otra visión del país, sino alguien al que ridiculizar, etiquetar o expulsar moralmente.

Y eso debilita cualquier democracia.

Gobernar no consiste en ignorar a media España. Quien llega al poder debe gobernar para todos, también para quienes no le votaron. Y eso exige respetar a la oposición, porque su función es fiscalizar, señalar errores y representar a millones de ciudadanos.

Cuando se desprecia sistemáticamente cualquier crítica y se gobierna de espaldas a una parte importante de la sociedad, la democracia empieza a deteriorarse. Porque la alternancia, los contrapoderes y el respeto institucional no son obstáculos incómodos: son garantías esenciales.

Las democracias rara vez desaparecen de golpe. Normalmente se erosionan poco a poco: normalizando el insulto, justificando el sectarismo y dejando de escuchar al otro.

Y quizá ahí resida uno de los mayores problemas de nuestro tiempo: hablamos constantemente de derechos, pero cada vez menos de deberes; exigimos respeto mientras despreciamos al discrepante; reclamamos tolerancia mientras señalamos al que piensa diferente.

Todavía estamos a tiempo de corregirlo. Pero para hacerlo necesitamos recuperar algo básico y fundamental: la capacidad de escuchar.

Porque cuando una democracia deja de escuchar, empieza lentamente a dejar de serlo.

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