No adulemos al arrogante
Hay que ver cuánto abunda la arrogancia entre la clase política en general. También entra la empresarial, la deportiva de élite, el mundo de la cultura y donde ustedes quieran hurgar. En mi confusión al respecto, creo que es el poder y la notoriedad lo que les induce a semejantes especímenes a ser..., un tanto raritos y un bastante despreciables según se mire. Así que nosotros, el pueblo, estamos exentos de semejantes calificativos. Nuestra rareza es más terrenal y mundana. La desmesura; el traspasar los límites de la condición humana se dispara para reafirmar la propia superioridad. Así que ha de llegar primero tal preeminencia. De otro modo, qué gaitas va a reafirmar quien se hace pasar por arrogante si carece de superioridad propia. La arrogancia es el intento de humillar como reafirmación de la preponderancia. El exceso consecuencia del éxito y de la prosperidad. Tal envanecimiento genera error de juicio y ceguera moral y emocional, porque el arrogante necesita en su alrededor gente que le corteje; que le diga, no la realidad, sino lo bueno que es y lo bien que lo hace. Logran tal zalamería porque quienes adulan al fanfarrón pretenden conservar las ventajas que él desprende entre sus ruines soplagaitas. Halagos y lisonjas duran lo que al arrogante le dura el poder. Su desvanecimiento conlleva la Némesis, la intervención de la diosa griega que restablecía la justicia y el orden. La caída y la ruina son proporcionales al exceso. Afecta al político que no tiene consciencia de sus propios límites, y que se siente por encima de la Ley. Al empresario que asume riesgos desproporcionados. Al científico que ignora consecuencias éticas. Así que confío en que, por ejemplo Trump será perseguido social y judicialmente una vez caído de su atalaya; una vez desprovisto de aduladores a quienes ya no les alcanzan las prebendas. Lo realmente perverso, se me antoja, es que la transgresión particular de algunos conduce a la quiebra de muchos. Tal vulneración personal tiene consecuencias colectivas, y por ahí es por donde no debemos pasar. Así que, orillen a los arrogantes. O espabilamos o nos arruinan.
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