En tercera persona
A veces me estoy tomando un café con alguien y en algún momento, casi sin darme cuenta, me sale revisarme el maquillaje. Un gesto automático, casi un acto reflejo. Y cuando lo pienso, me doy cuenta de que hay dos cosas mezcladas: el cuidado de algo que me gusta y en lo que he puesto tiempo, y algo más externo, la conciencia permanente de cómo me ven. Ambas realidades conviven, y no siempre es fácil distinguirlas.
Hace poco escuché un concepto que no he podido quitarme de la cabeza: las mujeres viven en tercera persona y los hombres en primera. Es decir, mientras ellos parten de sí mismos hacia el mundo, nosotras partimos de cómo nos ve el mundo antes de poder ser nosotras mismas. No es vanidad, es un mecanismo que se instala tan pronto que ya no sabemos distinguir cuándo pensamos por nosotras y cuándo pensamos por el observador. Y lo más complicado no es reconocerlo, sino separar qué parte de lo que haces lo haces porque te gusta y qué parte lo haces porque llevas dentro una mirada que te observa aunque nadie lo esté haciendo.
Lo curioso es que, cuando lo lees, no te sorprende. Te reconoces. Y si la mayoría de mujeres nos reconocemos en lo mismo, quizás el problema no somos nosotras, sino el lugar desde el que nos han enseñado a mirarnos.
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