La vivienda ya depende de tu sangre
Compré mi casa con 27 años. No fue en una gran ciudad, sino en un pueblo, donde todavía era posible pagar una vivienda sin hipotecar toda una vida. Aun así, hubo algo decisivo: mi padre tuvo que firmar conmigo.
Al principio pensaba que aquello era lo normal. Hoy entiendo que no. Hoy entiendo que, sin ayuda familiar, yo tampoco habría podido acceder a algo tan básico como un hogar, mi hogar, mi refugio.
Y antes de que se malinterpreten estas palabras, no hablo de casas regaladas ni de lujos. Hablo de jóvenes con trabajo estable y sueldos normales que no pueden ahorrar porque media nómina se les va en el alquiler, o que, aun pudiendo pagar una hipoteca, jamás consiguen que un banco les permita empezar.
Quizás ese sea uno de los mayores fracasos de nuestra sociedad: haber convertido la vivienda en un privilegio hereditario. Porque cada vez importa menos cuánto trabajas y más la familia de la que vienes, si alguien puede avalarte, ayudarte o sostenerte cuando los números no salen.
Nos hemos acostumbrado a escuchar que los jóvenes no pueden independizarse, como si fuera una consecuencia inevitable de estos tiempos. Pero no hay nada normal en que una generación necesite padres con ahorros, avales o viviendas previas para poder empezar su propia vida.
Tener un techo no debería depender de la suerte de nacer en una familia con recursos. Y, sin embargo, cada vez más personas descubren que la diferencia entre poder vivir o sobrevivir no está en el esfuerzo, sino en tu sangre, en la familia que has nacido.
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