De La Habana ha venido un barco
Cuba aún sigue siendo esa vieja ensoñación de la izquierda española más rancia; es el paraíso socialista en la tierra que todo pijoprogre debería visitar al menos una vez en la vida -alojándose en un hotel de los caros-; es el mojito con el que se brinda "hasta la victoria, siempre" en las verbenas; es el póster del Che que preside el fumadero de la revolución de los perros y las flautas. Cuba, de donde antaño llegaban los barcos cargados con la plata de los indianos, cuna del ingenio azucarero, del modernismo literario en Latinoamérica, del combinado con ron, de los comandantes que mandaban a parar y las tristezas de la España contemporánea, es hoy el epítome de la tierra pobre y encallecida, de las uvas de la ira y el escarnio de la libertad. Desde sus antiguos malecones no se descubre ningún "skyline" como el de los Emiratos, vertical desafuero urbanístico del mundo moderno, porque el país es miserable, no tiene hidrocarburos y allí no suelen prodigarse los Zapateros de turno. Cuba es el estertor del noticiero, el apagón de cada día, el derroche de indigencia, la muerte en chanclos. Cuba no le importa una higa a nadie, ni a los voceros del progreso, y ha de decidir si se peina o se hace los papelillos para no desaparecer del mapa. Hay quien se pregunta de qué pasta están hechos esos caribeños que aguantan carros y carretas. A mí me parece que del mismo hormigón con que los tienen empotrados en los reclusorios. Solo Dios sabe si algún día se oirá de nuevo en los patios de los colegios aquello de: "De La Habana ha venido un barco cargado de... democracia". Puede que incluso entonces dejemos de soportar a los que usan las dictaduras para hacer política y reivindicación. Los que con mucho desparpajo a la opresión la llaman pan.
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