Un papá feliz a los 40 años
Perdónenme el tono íntimo y personal de esta columna, pero tengo que expresarlo. Resulta que he vuelto a ser padre; en esta ocasión, a los 40 años. A esta edad la paternidad te rejuvenece de un modo que no imaginaba. Te devuelve ese vigor de la juventud temprana, esa capacidad de asombro que creíamos perdida. La felicidad prende en el interior y envuelve lo cotidiano en una atmósfera de alegría y ternura que hace que hasta las noches en vela adquieran otro sentido.
Mientras acuno a mi hija y observo su respiración tranquila, no puedo evitar reflexionar sobre lo extraordinario que resulta hoy en día este momento tan natural y, al mismo tiempo, tan contracorriente. Porque consultando los datos del Instituto Nacional de Estadística me encuentro con una realidad que golpea con crudeza: España camina hacia un futuro donde una de cada cuatro mujeres de las generaciones nacidas en los años 70 terminará su vida sin hijos. Y todo apunta a que en las cohortes más jóvenes el porcentaje será aún mayor. Ya hoy, entre el 27 y el 28% de las mujeres de 35 a 39 años no tienen descendencia. Entre las personas de 40 años o más, un 14% de las mujeres y un 23% de los hombres carecen de hijos, y solo una minoría afirma haberlo elegido de forma voluntaria.
El Indicador Coyuntural de Fecundidad está en 1,10 hijos por mujer en 2024, uno de los más bajos del mundo, muy por debajo del 2,1 necesario para mantener la población. La mayoría de las familias tiene uno o dos hijos; las numerosas (tres o más) son una rareza que apenas supera el 5-8%. Miles de personas entre 30 y 50 años asumen ya que nunca serán padres ni madres, a pesar de que el número deseado sigue rondando los dos hijos. La brecha entre lo que se quiere y lo que se logra es brutal.
Llámenme raro, pero, cuando busco explicaciones a esta debacle demográfica, termino cuestionando los discursos que durante las dos últimas décadas se han instalado como hegemónicos en España. Cuando se construye un paradigma en el que la mujer es eterna víctima y el hombre amenaza potencial, se siembra una hostilidad entre sexos que acaba impregnando la moral colectiva. Cuando se aprueban leyes discriminatorias, cuando se entrega el Código Penal a veces a manos de despechos personales, cuando la publicidad y las campañas institucionales convierten al varón en sospechoso permanente, se genera miedo. Miedo a relacionarse, miedo a equivocarse, miedo a comprometerse.
Sin pareja estable es muy difícil tener hijos. Formar una familia exige conocerse, asumir roles, adaptarse a otra personalidad con sus defectos y sus virtudes, soportar tiranteces, discusiones y ofensas, como ha ocurrido toda la vida. Nuestros padres y abuelos no habrían formado las familias que nos trajeron al mundo si hubieran aplicado los criterios de fragilidad emocional que hoy se presentan como progreso.
La realidad de la vida en pareja, como la de la paternidad, no es solo la sonrisa de la mañana y la piel con piel: incluye también el pañal sucio, el insomnio y las renuncias. Ocultar esta parte, calificar cualquier conflicto de "maltrato" o presentar la asunción natural de roles como opresión es condenar a muchas personas a la soledad.
Este tipo de reflexión, por supuesto, sería hoy censurada o demonizada en buena parte de los medios. A eso hemos llegado. Por eso recomiendo a los solteros que viajen, que observen cómo son las relaciones entre hombres y mujeres en otros países donde el Estado no ha intervenido tan agresivamente en la antropología social del amor. Desde la distancia se ve mejor cómo aquí se ha contribuido a destruir la confianza básica entre sexos.
Mientras tanto, yo sigo aquí, con otro bebé en brazos, agradeciendo a Dios ser excepción y no la norma. Un papá feliz a los 40 años.
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