¡Moción de censura ya!
El PNV vuelve a actuar exactamente igual que Emiliano García-Page: amaga, protesta de cara a la galería y finge marcar distancias, pero cuando llega la hora de la verdad siempre termina sosteniendo a Sánchez. Y volverán a recurrir a la misma excusa de siempre: Vox. La utilizarán Podemos, Sumar, Junts, Bildu y todos aquellos que necesitan justificar lo injustificable para seguir aferrados al actual equilibrio de poder.
Conviene no engañarse más. Todos ellos son cómplices directos de la situación política que vive España. Sin sus votos, sin su apoyo y sin sus cesiones constantes, Pedro Sánchez jamás habría llegado tan lejos ni podría seguir hoy en la Moncloa. Han sido socios necesarios de cada paso dado durante esta legislatura. Y no solo lo han permitido: han obtenido a cambio privilegios, concesiones, inmunidad, indultos, influencia y poder político. Ahora continúan presionando para arrancar todavía más.
Sánchez llegará hasta el final porque sabe perfectamente que ninguno de sus socios está dispuesto a dejarle caer. Da igual el número de escándalos, de cesiones polémicas o de imputados que sigan acumulándose alrededor del Gobierno y de su entorno político. Todos dependen de todos. Y cuando la supervivencia política se convierte en el único objetivo, los principios pasan a un segundo plano.
Lo verdaderamente preocupante no es únicamente la existencia de determinados casos concretos. Lo alarmante es la sensación creciente de deterioro institucional, de degradación política y de normalización de prácticas que hace apenas unos años habrían provocado una reacción inmediata en cualquier democracia madura. Lo que estamos viendo ya no parece una sucesión aislada de episodios polémicos, sino un modelo de poder basado en resistir a cualquier precio, aunque para ello haya que vaciar de credibilidad las instituciones y erosionar la confianza pública.
Y mientras tanto, una parte importante de la sociedad contempla todo esto con cansancio, frustración y una peligrosa resignación. Porque cuando los ciudadanos empiezan a asumir como inevitable aquello que debería resultar intolerable, la democracia comienza a debilitarse desde dentro.
Por eso Alberto Núñez Feijóo tiene la obligación política y moral de presentar una moción de censura. Y debe hacerlo ya. No como un simple gesto simbólico ni como una maniobra parlamentaria destinada al desgaste mediático, sino con una condición clara y rotunda: la convocatoria inmediata de elecciones generales para devolver la voz a los ciudadanos.
En ese momento dejaría de servir la excusa permanente de señalar a Vox como coartada para sostener al Gobierno. Ya no sería la voz de un partido concreto. Sería la voz de millones de españoles reclamando algo tan básico como votar y decidir el rumbo de su país.
Y entonces quedaría verdaderamente claro quién está del lado de la democracia y quién únicamente la utiliza como argumento cuando le beneficia políticamente.
Porque la democracia no consiste en resistir indefinidamente gracias a una suma de intereses cruzados. La democracia consiste en rendir cuentas ante los ciudadanos.
Y quizá ha llegado ya el momento de comprobar quién está dispuesto a hacerlo.
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