El señuelo de la identidad
El anuncio del presidente Adrián Barbón sobre una nueva ley de Cultura e Identidad Asturiana, aprovechando el marco del 25 de mayo, esconde bajo el blindaje de nuestras raíces un mecanismo de distracción masiva que merece una reflexión crítica. Esta tendencia a priorizar el eje identitario desde siglas progresistas no es nueva: la vemos en el regionalismo de Castilla-La Mancha con el anticatalanismo como bandera, o en Europa con el laborismo británico de Starmer y la socialdemocracia danesa con su chovinismo del bienestar, estrategias utilizadas para amortiguar tensiones electorales, diluir los debates distributiva y ganar las siguientes elecciones.
El fenómeno recuerda a la tauromaquia, donde el toro es distraído con un trapo colorado. Conceptos abstractos como "orgullo" o "raíces", "lo que fuimos y lo que somos", relatos que operan como señuelos visuales; mientras la ciudadanía se aglutina en torno a debates simbólicos, la atención se desvía de las prioridades del Estado social: la redistribución de la riqueza, la precariedad laboral, el problema de la vivienda y la calidad de los servicios públicos.
Además, esta homogeneización de diseño centralista vendido como asturianismo consensuado entraña un severo riesgo de asimilación para las minorías plurilingües del Principado, como los hablantes de gallego-asturiano (absurdamente dependientes de una Academia más política que científica), relegados a una categoría marginal e interrumpiendo el trato digno al diferente. Cuando el progreso sustituye los derechos constitucionales por las esencias de la tierra, abraza marcos excluyentes que dividen a los ciudadanos. Urge una llamada a la sensatez de los partidos políticos con solvencia democrática y sindicatos de clase: su obligación es frenar estas derivas etnicistas y reconducir la agenda hacia la justicia social.
El valor de una sociedad se mide por la equidad de sus instituciones, nunca por el color de su estandarte. ¡¡Peligro!!
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