Feijóo: el problema no es la foto, es el silencio
Señor Feijóo, explicaciones o relevo, no hay otra para ser alternativa.
A estas alturas, lo que se le exige a Alberto Núñez Feijóo no es relato, ni contexto, ni matiz comunicativo. Es algo más básico y, precisamente por eso, más incómodo: una explicación definitiva, clara y cerrada que no deje espacio a interpretaciones ni a usos políticos posteriores.
La llamada "foto de la lancha" y la relación en el pasado con Marcial Dorado llevan demasiado tiempo en el centro del debate público. No por novedad, sino por persistencia. Y la persistencia tiene una causa evidente: nunca se ha logrado una respuesta tan contundente que cierre el asunto de forma irreversible.
Ese es el núcleo del problema. No lo ocurrido hace décadas, sino su vigencia política hoy.
Porque en política lo que no se aclara con suficiente fuerza no se cierra: se recicla. Vuelve una y otra vez, no por azar, sino porque el terreno sigue fértil. Y mientras siga fértil, seguirá siendo utilizado.
El resultado es previsible. El tema reaparece cada vez que conviene agitar el tablero. Y el adversario no necesita esfuerzo añadido. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, encuentra ahí un argumento listo para ser activado, sin necesidad de construirlo desde cero.
El Partido Popular queda atrapado en una contradicción incómoda: aspirar a la alternativa de gobierno mientras arrastra un flanco que nunca termina de cerrarse del todo. Y en política, los flancos abiertos no se ignoran: se explotan.
En ese contexto, el debate sobre primarias abiertas no es un detalle organizativo ni una disputa interna menor. Es una cuestión de legitimidad democrática. De quién elige. De cómo se construye el liderazgo. De cuánto aire hay dentro de los partidos para evitar que se encierren sobre sí mismos.
El Partido Socialista Obrero Español tampoco es ajeno a esa lógica. Los liderazgos demasiado concentrados tienden a generar estructuras cerradas, poco permeables y cada vez más desconectadas del pulso social. La democracia interna no es estética: es equilibrio y supervivencia.
La conclusión es simple, aunque incómoda: o se ofrece una explicación definitiva que cierre el asunto sin resquicios, o la sombra seguirá reapareciendo cuando la política lo necesite.
Y cuando una sombra no desaparece, deja de ser pasado. Se convierte en presente permanente.
Y en política, el silencio prolongado nunca protege. Solo desgasta.
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