España: fácil morir y difícil vivir
Les contaré un secreto. Algunos me preguntan de dónde saco tantos temas. Aunque son variados, suelo insistir en denunciar la negligencia de nuestras instituciones desde distintos puntos de vista. ¿Cómo lo hago? Muy sencillo: corro casi todos los días entre una hora y una hora y media. No hay nada mejor para desarrollar ideas. La mente se abre, se despeja y los pensamientos fluyen con cada zancada.
Hoy surgió una reflexión en una conversación de café. No es completamente mía, pero me la apropio porque podría describir perfectamente la realidad de España: vivimos en un país donde cada día es más difícil vivir, invertir, ahorrar, desarrollar proyectos, curarse a tiempo o, simplemente, tener iniciativa propia.
Se habla constantemente de I+D+i, pero muchas veces queda solo en teoría. Intenten investigar sin medios, innovar o desarrollar ideas para crear un modo de vida digno. Ya se encargarán las administraciones de tensar la cuerda: trabas, burocracia, impuestos, papeleo, normativas y ventanillas interminables. Mientras tanto, los jóvenes -que podrían ser el verdadero motor económico del país- ven cómo se les cierran oportunidades para emprender, participar en voluntariados o crear proyectos digitales, agrícolas, ganaderos o de cualquier otro tipo que les permita construir independencia y futuro.
Hace décadas, cerca del 70% de la población vivía en los pueblos. Hoy ocurre exactamente lo contrario: más del 70% vive rodeado de asfalto y hormigón. Pero del cemento no nacen alimentos, ni pasta el ganado, ni se genera independencia alimentaria, algo esencial ante posibles pandemias, recesiones o conflictos bélicos. Por eso las administraciones deberían potenciar el campo y la vida rural. La economía primaria trae progreso, empresas asociadas e independencia. Vivir únicamente del turismo es apostar por salarios de propina, por la falta de vivienda y por la saturación de recursos públicos como la sanidad o la seguridad ciudadana.
Otro día contaré lo que ocurrió con un joven marroquí en el centro de Oviedo. Hoy toca denunciar lo fácil que parece morir y lo difícil que resulta vivir con libertad en este país.
Cada vez es más complicado ser atendido por un médico a tiempo, curarse con garantías o simplemente desarrollar una vida autónoma en un pueblo, como antes ocurría. Tener ovejas, cabras, vacas, cerdos, gallinas o un huerto parece hoy casi una actividad perseguida. Lo último es el control sobre las gallinas y los huevos. Da la sensación de que están más protegidos determinados animales salvajes, aves y sus nidos que las propias personas, especialmente los ancianos o quienes todavía intentan sacar adelante un proyecto de vida en el medio rural, o incluso quienes aún no han nacido y también tendrían derecho a vivir.
Vivimos, además, profundas contradicciones legales y morales. Se puede abortar dentro de una ley de plazos porque se considera que el ser en formación forma parte del cuerpo de la madre, cuando tiene ADN y órganos propios. También se puede firmar la eutanasia, mientras muchos médicos apelan a la objeción de conciencia porque estudiaron para sanar y curar, no para provocar la muerte.
Incluso una menor puede abortar o cambiar de sexo sin consentimiento de sus tutores. Sin embargo, un padre o un abuelo no puede acudir libremente a una farmacia para solicitar determinados medicamentos que mejoren su calidad de vida, por ejemplo, relacionados con la sexualidad masculina cuando esa persona los necesita. Esos fármacos ni siquiera entran normalmente en la Seguridad Social y, aun así, en muchas ocasiones se exige receta médica como si se tratara de antibióticos. Pero, sin embargo, puedes comprar tabaco, alcohol y hasta drogas sin apenas impedimentos. Curioso país: receta para facilitar la vida, pero cada vez menos obstáculos para impedir nacer o para acelerar la muerte.
Este es el país que hemos construido: fácil morir y difícil vivir.
Y podría poner muchos más ejemplos. Hablar del exceso de jabalíes, lobos, osos, topos, ratones o cormoranes que dificultan la supervivencia de muchas personas en los pueblos. Del abandono del monte, que luego deriva en incendios descontrolados. De los ríos sin salmones ni truchas. De la falta de médicos que atiendan a tiempo. De la vivienda imposible. De la pérdida de dignidad y de vergüenza colectiva.
La gente aguanta todo.
Tenemos exactamente lo que merecemos.
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