Caminante
Se detuvo el caminante ante una iglesia majestuosa seguro de haber hallado en medio de la nada un tesoro. Muchos eran los que entraban, lo que le hizo presagiar que lo que allí se exponía eran obras para admirar; mientras se aproximaba y no perdía detalle de su grandiosidad preparaba la cámara para dejar constancia de lo que se disponía a contemplar; abrió despacio el portón como quien se dispone a saborear un gran manjar. Cuando accedió al interior, un escalofrío lo recorrió al descubrir que de sus paredes no colgaban antiguos retratos ni tallas de incalculable valor, solo un altar, una cruz, varias vírgenes y santos que daban la bienvenida al caminante, que, sobrecogido por la grandeza de la humildad, se sentó a reflexionar sobre cómo aquella majestuosidad exterior era la antesala perfecta que daba paso a la esencia de la religión. Cómo era posible, a no ser obra de un Señor, que un espacio tan enorme, desprovisto de cualquier ostentación, hiciera sentir al caminante que todo estaba en su lugar, que no había espacio para nada más... que no se podía fotografiar la espiritualidad.
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