¿Quién devuelve la honra?
Asistir al día a día de nuestra política se ha convertido en un ejercicio de resistencia ciudadana. El panorama actual no es solo desolador, sino profundamente indignante. Mientras la calle lidia con la precariedad, los grandes partidos parecen enzarzados en una competición por ver cuál acumula el titular más escandaloso. La corrupción se percibe ya como una patología estructural. Con un goteo incesante de tramas y comisiones que salpica las siglas tradicionales sin distinción de colores. Pero lo más alarmante es la degradación del propio juego democrático. No solo se tolera la corrupción propia, sino que se instrumentalizan los tribunales para destruir al adversario. El caso de Podemos es el ejemplo más flagrante de esta deriva que, para entenderla, deberíamos de mirarla fríamente, y eso es muy difícil hoy día. Sufrieron un aluvión sistemático de denuncias de todo tipo que terminaron en la basura, con la justicia absolviéndoles de cada acusación. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Y ahí quedaron, debilitados, olvidados, sin opciones de ningún tipo y fuera de combate político. Hoy, a toro pasado, cabe preguntarse tras años de linchamiento mediático basados en sospechas infundadas, ¿quién les devuelve ahora la honra?
Es en este lodazal, abonado por la desafección y las malas artes, donde florece el futuro que nos espera, que es el que dicten los grandes magnates y sus réplicas globales; estos populismos no surgen de la nada. Prosperan gracias al fango creado por una clase política tradicional que, con aparente ausencia de materia gris, ha preferido destruir la credibilidad usando las más viles herramientas de desprestigio, con un todo vale con tal de conseguir objetivos, antes que competir con limpieza. No creo que el usar esas técnicas maquiavélicas pueda beneficiar ni al mismo que las aplica. Si seguimos jugando a la demolición de la verdad, no deberíamos sorprendernos cuando el tablero democrático salte definitivamente por los aires, pero a lo mejor es lo que desean los que manejan esas artes.
Y como dice aquella frase apócrifa: "Cosas veredes, amigo Sancho...".
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