"Mira Nero de Tarpeya..."
Un incendio devastador cerca la nomenklatura sanchista. Como primera reacción, ponen la mano en el fuego por los que van cayendo en la hoguera: "Nada, hombre, nada mujer, habrás tomado demasiado el sol, son los rayos UVA de la ultraderecha...". Singulares bomberos que pretenden contener el incendio acariciando lo que arde.
Tras el auto de citación, llega el sumario con sus tomos y miles de páginas. Para entonces los masajistas de ayer ya se han percatado de que la materia incandescente quema y son sus propias carnes las que ahora huelen a chamusquina. Entonces, salen de madrugada, cabalmente equipados de epis, para encapsular los cadáveres calcinados: lo de Koldo, encapsulado; lo de Ábalos, encapsulado; lo de Cerdán, encapsulado; lo de Leire, encapsulado; lo de Julio Martínez... "Ese muerto no es nuestro". Al Gobierno y al partido se les acumulan los muertos civiles en espera del juicio. Ferraz es una morgue de campaña y Moncloa el pudridero del Escorial. En todo lo que tocan las manos que han puesto en el fuego queda un olor a cadaverina y a cloroformo.
¿Y Sánchez? "Mira Nero de Tarpeya a Roma cómo se ardía...". El relato es de solera: según la versión oficial, a Roma la incendiaron unos agitadores de lo que los sociólogos identificarían como el Vox de entonces: "Un grupo odiado por sus abominaciones, que la plebe llama cristianos" (Tácito). Mientras Roma se consume, el augusto emperador, coronado de laurel, escande en griego versos yámbicos y anapésticos acompañándose de la lira. A continuación, para disipar las dudas sobre el origen de la catástrofe, crucificó a unos cuantos y, con la opinión ya sosegada, sobre los barrios devastados edificó con fondos "Next Generation" la "Domus Aurea" para asombro de generaciones futuras. No era para menos: 50 hectáreas construidas con los mejores materiales (mármol, marfil y oro), 3 kilómetros cuadrados de jardines y piscinas (qué precio le pondría El Idealista). Moraleja: el incendio de Roma no distrajo al emperador de las tareas de buen gobierno.
Todo en Roma es imperial. Imposible que ese "background" no impregnara la actitud y el discurso del Presidente cuando, a la salida de la audiencia con el Papa, a las preguntas de los periodistas, comprensiblemente hiperventilados con la que está cayendo, respondió con serenidad augusta, apenas desmentida por una imperceptible contracción de maxilares, que la que había caído, estaba cayendo y cayera no perturbaba un ápice "la acción del Gobierno de coalición progresista, transformadora de la sociedad". Clima de normalidad doméstica que corroboraba la presencia de la entrañable embajadora, doña Isabel Celáa, cristiana de base a fuer de socialista, que trajinaba por allí sin pasar por la peluquería y en bata de andar por casa.
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