No, no es lo mismo
Cada vez que intento explicar alguna dificultad relacionada con mi discapacidad auditiva, hay una respuesta que aparece tarde o temprano:
"Pero eso nos pasa a todos".
Y sí, a todos nos pasa alguna vez. La diferencia es que lo que para algunos puede ser una excepción, para nosotros es el pan de cada día.
Si en una conversación te despistas un momento, vuelves a engancharte. Si te pierdes una frase, preguntas. Si sales un momento y regresas, en cuestión de segundos vuelves a saber de qué se está hablando.
Cuando intento explicar que hay situaciones en las que eso no ocurre, la respuesta suele ser: "Tú pregunta".
Pero, ¿qué preguntas cuando ni siquiera sabes de qué están hablando?
Porque muchas veces no te has perdido una frase. Te has perdido el contexto.
Uno habla. Otro responde. Alguien se ríe. Una tercera persona añade algo. Todo ocurre deprisa y a la vez. Mientras tanto, tú sigues intentando averiguar quién está hablando. Y cuando consigues localizar a la persona que estaba hablando (o ni eso), ya está respondiendo otra.
Es difícil explicar la sensación de estar presente y ausente al mismo tiempo. De estar sentado en la misma mesa que todos los demás y, aun así, no formar parte de lo que está ocurriendo.
No porque no quieras. No porque no lo intentes. Sino porque, sencillamente, no llegas.
Y lo mismo ocurre en muchos otros ámbitos.
Hace unas semanas necesitaba resolver un trámite. Sabía qué organismo lo gestionaba, pero no exactamente qué departamento para pedir la cita. En teoría, una llamada debía bastar para aclararlo. Salta una grabación automática. Opciones. Más opciones. Un par de números de teléfono para otras consultas. Repito la grabación. Otra vez. Y otra más. Porque he entendido casi todo menos lo que necesito. Consigo apuntar el número. Llamo. Es una residencia, no he cogido bien el número.
Vuelta a empezar. Busco otra manera. Consigo hablar con una persona. Le explico mi situación y le pido si puede derivarme internamente para evitar volver a pasar por todo el proceso. No puede, tengo que llamar a otro número. Me lo dicta. Descubro cuál era el dígito que había entendido mal antes. Llamo de nuevo. Otra vez la grabación. Otra vez las opciones. Otra vez intentar llegar hasta una persona.
Lo consigo. Empiezo a explicarle lo que necesito y... la llamada se corta.
No tenía ganas de volver a empezar. Busqué la cita online más genérica y la pedí.
Llegado el momento, como era de esperar, fui a un sitio, me mandaron a otro, después a otro más... Y mientras iba de un lado para otro pensaba en una frase que leí hace poco. Decía que el concepto de discapacidad surge de la interacción entre las limitaciones de una persona y su entorno social, siendo las barreras sociales las que producen discapacidad y no las limitaciones que pueda tener una persona.
No terminaba de convencerme. Mi discapacidad existe independientemente del entorno. Eso es una realidad. Pero en ese momento era precisamente lo que estaba ocurriendo.
Porque mi discapacidad no me obligó a llamar a una residencia. Mi discapacidad no diseñó una grabación que tengo que escuchar entera cada vez que necesito repetir una palabra. Mi discapacidad no impide que una persona pueda derivarme internamente cuando por fin consigo hablar con alguien. Mi discapacidad no me hizo recorrer varios sitios para resolver algo que probablemente se habría solucionado con una consulta de unos minutos.
Eso son barreras. Y son barreras que muchas veces pasan desapercibidas porque quienes las sufrimos acabamos buscando alternativas, adaptándonos y encontrando la forma de seguir adelante.
Desde fuera parece que todo funciona. Al final llamas. Al final consigues la cita. Al final haces el trámite. Al final llegas.
Lo que no se ve es todo lo que ha habido que hacer para llegar hasta allí.
Y quizá por eso, cada vez que escucho que "eso nos pasa a todos", no puedo evitar pensar lo mismo:
No, no es lo mismo.
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