La Nueva España » Cartas de los lectores » Deporte (fútbol)

Deporte (fútbol)

7 de Junio del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Es el deporte rey en el mundo. Mueve masas, ilusión, fervor y espectáculo. Hace hervir la sangre, se cantan himnos, se corean nombres y se vive con intensidad. Entretiene, emociona y apasiona. Es alta competición, superación, entrega, sacrificio, salud y diversión. Y, con todo eso, vemos cómo el feminismo depredador se ha propuesto convertirlo en símbolo del machismo.

Hay deportes donde las mujeres demuestran plenamente su capacidad y resulta un espectáculo verlas competir; en el fútbol, no. El fútbol tiene algo que queda fuera de su alcance: la combinación de técnica, velocidad, fuerza, resistencia y contacto físico al máximo nivel. El fútbol exige reunir calidad técnica, control del balón, cambios de ritmo, explosividad, velocidad, potencia y resistencia para salir airoso de cada jugada.

No se trata únicamente de dominar el balón. Un malabarista podría pasar horas manteniéndolo en el aire, pero eso no es fútbol. Hay que llegar a la portería contraria y marcar gol, compenetrándose con los diez compañeros restantes. No se juega solo. Además, enfrente hay once tipos dispuestos a quitarte el balón, a correr más, a saltar más y a imponerse físicamente. No es tenis. No es golf. No es parchís. Es fútbol.

Precisamente por eso el fútbol se ha convertido en el deporte más seguido del planeta. Porque combina talento individual y trabajo colectivo, técnica y físico, estrategia y emoción. Cada partido es una lucha constante por imponerse al rival respetando unas reglas comunes. El resultado nunca está garantizado y esa incertidumbre es parte de su grandeza.

Se puede jugar de muchas maneras, pero si al fútbol le quitas el valor del gol, del regate, del control, del pase, del esfuerzo, del contacto sin miedo, de la competitividad y de las ganas de ganar, ya no es fútbol: es otra cosa.

El deporte de competición nunca ha consistido en garantizar resultados iguales, sino en premiar el esfuerzo, el talento, la disciplina y la capacidad de superación. Nadie espera que todos los corredores crucen la meta al mismo tiempo ni que todos los saltadores alcancen la misma altura. La esencia del deporte es medir capacidades y recompensar el mérito. Cuando se intenta sustituir ese principio por la obligación de igualar resultados, el deporte pierde gran parte de su razón de ser.

A los entrenadores de chiquillos les pediría que no corten las alas a los mejores para evitar que los peores se sientan discriminados o frustrados. Los entrenadores están para enseñar a jugar, y en los entrenamientos todos deben recibir las mismas oportunidades para aprender y mejorar. Ahí sí deben ser todos iguales. Pero en los partidos deben jugar los mejores, y a los demás, así como a sus padres y madres, hay que explicarles que el puesto se gana. Eso también es fútbol: competición, superación, esfuerzo y meritocracia.

El fútbol, además, es una escuela de vida. Enseña a ganar y a perder, a aceptar decisiones injustas, a levantarse después de una derrota y a seguir trabajando cuando las cosas no salen bien. Enseña disciplina, compañerismo, sacrificio y responsabilidad. Pretender eliminar la competitividad para evitar frustraciones es privar a los niños de una de las lecciones más valiosas que pueden aprender: que los logros importantes exigen trabajo, constancia y dedicación.

Las feministas nos metieron en el cogote una igualdad ficticia. Lo hicieron en la política, en el funcionariado, en los cargos públicos, en las empresas y en muchos otros ámbitos. Ahora parecen dispuestas a terminar también con el deporte rey. Ya empezaron por los colegios. En muchos centros ya no se juega al fútbol durante el recreo porque, según se argumenta, deja fuera a niñas y niños a los que no les gusta o no pueden competir. Se habla de traumas, discriminación y exclusión. No sé adónde quieren llegar. Supongo que a que todos juguemos al parchís o a la comba.

Resulta llamativo que se hable constantemente de inclusión cuando, en muchas ocasiones, las medidas adoptadas terminan excluyendo precisamente a quienes destacan por su talento o por su esfuerzo. Una sociedad sana debe ayudar a quien tiene más dificultades, pero no penalizar a quien sobresale. La igualdad de oportunidades es deseable; la igualdad forzada de resultados es imposible y, con frecuencia, injusta.

Las diferencias físicas entre hombres y mujeres no son una opinión ni una construcción cultural. Son una realidad observable en prácticamente todas las disciplinas deportivas donde intervienen la fuerza, la velocidad, la resistencia y la potencia. Precisamente por eso existen categorías diferenciadas en casi todos los deportes. No se trata de despreciar a nadie, sino de reconocer una realidad para garantizar competiciones equilibradas y justas.

No puede existir igualdad donde las capacidades físicas y mentales son diversas y múltiples. Solo la meritocracia puede hacer verdadera justicia. Lo demás consiste en cortar las alas a quienes pueden volar para obligar a todos a caminar a ras del suelo. Esa es la igualdad que se persigue.

Cuando un niño descubre que, por mucho que se esfuerce, el rendimiento y el mérito no serán recompensados porque todos deben obtener el mismo reconocimiento, aprende una lección equivocada. Aprende que el esfuerzo importa poco y que la excelencia puede convertirse en un problema. Sin embargo, el progreso humano siempre ha dependido de personas que quisieron correr más rápido, pensar mejor, trabajar más duro o llegar más lejos que los demás.

Y resulta curioso que quienes más hablan de igualdad sean, en muchos casos, los mismos que pisotean la más fundamental de todas: la igualdad ante la ley. Lo hacen impulsando leyes de género que considero discriminatorias y otorgando privilegios o inmunidades a corruptos, delincuentes y fugados a cambio de mantener determinados chiringuitos de poder.

El mundo que viene parece cada vez más dispuesto a convertir la mentira en verdad y la realidad en relato. Se nos pide que ignoremos lo que vemos con nuestros propios ojos y que aceptemos como normal aquello que contradice la experiencia cotidiana, el sentido común o incluso la evidencia.

El fútbol ha sobrevivido durante generaciones porque conecta con algo profundamente humano: el deseo de competir, de mejorar y de superarse. No necesita ser reinventado para adaptarse a ideologías pasajeras. Necesita preservar aquello que lo convirtió en el deporte más popular del planeta: la emoción de la competición, la recompensa al mérito, el respeto a las reglas y la pasión por ganar.

No es posible que todos seamos iguales en capacidades, talentos o resultados. Solo podemos y debemos ser iguales ante la ley. Y precisamente ahí es donde hoy más se está destruyendo esa igualdad.

Cartas

Número de cartas: 50055

Número de cartas en Junio: 67

Tribunas

Número de tribunas: 2204

Número de tribunas en Junio: 2

Condiciones
Enviar carta por internet

Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.

» Formulario de envío.

Enviar carta por correo convencional

Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:

Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo
Buscador