La carga de los médicos
Los particularismos frente a la unidad. El de los médicos, en este caso, tratando de obtener su propio estatuto es una tensión clásica cuyo debate público ya se remonta a San Agustín. Es un choque eterno, así que no debería sorprendernos como tal. Es curioso cómo los patricios de la medicina se aferran a su singularidad. La de su larga formación académica, la de ser los más listos de la clase, la de representar el alma de la profesión sanitaria, para tratar de obtener ventaja, que se la merecen. Ya casi la tienen de hecho. Sus reivindicaciones son la sustancia del crisol administrativo: singularidad económica para el ejercicio de la profesión, horarios que asumen la compatibilidad con el ejercicio del quehacer privado... Justa compensación al empeño profesional, del que su espantada para ocupar las vacantes de atención primaria, medicina rural o pediatría es la visible prueba de su entrega corporativa. Lo de la pasta es lo de menos. Ahora persiguen tratamiento estatutario. O sea, identitario. Disponer de un elemento sustancial que les otorgue carácter reivindicativo mayúsculo. Desprecian ser un eslabón más de la cadena sanitaria en la que se integra el pueblo llano. Miren, hay muchísimo que mejorar en la sanidad pública, que se gasta nuestros dineros en infraestructuras y equipamientos, los cuales otorgan una falsa visibilidad de compromiso y modernidad. Es lo que hacen nuestros políticos por antonomasia: repartir dinero y prebendas; y si de paso se escapa algo para la buchaca, mejor. No irán esos dineros a la contratación de médicos y profesionales que disminuyan de verdad las listas de espera y, en definitiva, mejoren la atención al paciente. Claro que a ver quién es el listo que elimina privilegios singulares. Macron ha tratado de unificar los más de cuarenta sistemas de pensiones diferentes en Francia. Cada cual con su propio estatuto y sus distingos. Ha fracasado. Ahora va por ahí hecho unos zorros, mendigando visibilidad internacional. La singularidad es alma del ser humano. Es así. La de la función pública es ordenar los escasos recursos disponibles, con arreglo a criterios de eficiencia y mejor atención al ciudadano, además de transparencia e igualdad. La de los médicos es entregarse al ejercicio de su profesión, con reivindicaciones nobles que en el fondo inciden en el paciente y no tanto en ellos solitos.
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