La demonización del propietario
Parece que últimamente se ha puesto de moda señalar al propietario como el enemigo a batir. Cada vez son más las voces que exigen bajadas obligatorias de alquileres y una intervención del Gobierno, como si la solución a cualquier problema consistiera en decidir desde un despacho lo que alguien puede o no puede hacer con aquello que le pertenece.
Lo que realmente me preocupa es la normalidad con la que se habla de intervenir la propiedad privada. Hay personas que poseen una vivienda, dos o varias, y muchos actúan como si automáticamente fueran culpables de algo. ¿Desde cuándo tener varias propiedades es un delito moral? ¿Desde cuándo ahorrar, invertir o asumir riesgos con el fruto del trabajo propio se ha convertido en algo que debe justificarse ante los demás?
El multipropietario, en muchos casos, lo es porque se lo ha trabajado. Porque ha renunciado a gastos, ha invertido su dinero y ha construido un patrimonio durante años. Sin embargo, se está creando una narrativa en la que quien consigue algo más parece sospechoso por el simple hecho de haberlo conseguido.
La vivienda es un problema serio, pero la solución no puede ser entregar cada vez más control al Estado sobre aquello que pertenece a los ciudadanos. La historia ha demostrado en numerosas ocasiones que, cuando los gobiernos comienzan a decidir progresivamente qué puede hacerse con la propiedad privada, el límite siempre acaba desplazándose. Como escribió Friedrich Hayek: "Cuanto más planifica el Estado, más difícil se vuelve la planificación para el individuo".
No, defender la propiedad privada no es defender abusos ni negar que exista un problema de acceso a la vivienda. Es defender algo mucho más básico: que la solución a una dificultad social no puede consistir en vaciar derechos fundamentales poco a poco. Porque una sociedad deja de avanzar cuando deja de preguntarse cómo crear más riqueza y empieza a preguntarse cómo controlar la riqueza ajena.
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